Las rendijas

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Desde hace rato el mundo entero conoce el atropello del gobierno venezolano – de este y del anterior, que son el mismo- hacia los medios de comunicación y la libertad de expresión en el país. El cierre de Radio Caracas Televisión, hace casi una década, demostró que el régimen hablaba en serio y estaba dispuesto a todo.

Para ellos, tuvo un gran costo político. Pero lograron también un objetivo que sin duda estaba en los cálculos: la autocensura.

Ya son los mismos jefes y dueños de medios, atemorizados, quienes cortan las cabezas de los periodistas; mientras la administración pública compra medios con la petrochequera, castiga con la manipulación de la pauta publicitaria oficialista, y pare usted de contar.

Y las metástasis se extienden. Por ejemplo, al Grupo Actoral 80 le fue retirado el subsidio estatal alegando “conducta perniciosa”. Quizá tuvo que ver con la escenificación de la obra teatral “Al pie del Támesis”, la cual no tenía contenido político alguno; pero llevaba la firma de Mario Vargas Llosa, el prestigioso escritor que no se ahorra descarnados análisis sobre la compleja situación venezolana.

También años atrás, un equipo de grabación del canal televisivo Venevisión fue desalojado del Club de Suboficiales de Caracas cuando rodaban unas escenas de la telenovela “Cosita rica”, en las que el personaje de Nixon (el actor José Manuel Suárez) reflexionaba sobre la pobreza, con las vistas de las barriadas de El Valle y Coche al fondo.

No solamente a los periodistas “les han dado lo suyo” –como dijera el fallecido Hugo Chávez en una tristemente célebre transmisión televisiva. También han sufrido libretistas, dramaturgos, actores, directores.

Ya no hay que preocuparse por las telenovelas políticamente incorrectas: sencillamente ya no se producen dramáticos en Venezuela. Y el único en línea de realización en este momento, es un remake de una telenovela de onda tradicional. Como para no causar molestias.

¿Y el teatro? Se consiguen aislados ejemplos de confrontación con la realidad. Pero el grueso es evasivo. Para no hablar del complaciente, patrocinado por el gobierno con criterio de panfleto, de pasquín.

Está bien la comedia ligera. Desconectarnos también es salud mental. Pero echamos de menos una mayor cantidad de esos textos que hacen la autopsia de nuestras desgracias. ¿Podemos señalar por ello a los creadores que están en minusvalía? ¿Quién le pone el cascabel al gato?

Sin embargo, quedan rendijas. Ya la profesora Gloria Cuenca nos preparaba años atrás para lo que se veía venir, cuando nos proponía hablar entre líneas para evadir la tijera.

Recuerdo la comedia negra del comunicador, actor, dramaturgo y director Javier Vidal, que se titulaba “Ciertas condiciones aplican”. Bien portada. Pero la sala estalló en carcajadas al encontrase con que, cada tanto, se mencionaba a un fulano perrito de nombre “Yugo”, el cual era todo un problema dentro del relato. Fonéticamente recordaba el nombre de quien para ese momento desgobernaba a Venezuela como si fuera su conuco particular. Y qué decir del significado de la palabra, que muchos venezolanos comenzábamos a sentir literalmente.

También me viene a la memoria el caso personal de una telenovela en la cual escribí y donde nos preguntábamos hasta dónde nos dejaría llegar la censura. Quien suscribe deslizó una travesura que, insólitamente logró salir al aire: la villana, indignada y celosa, llamaba despectivamente a la protagonista “la sobrevenida”, adjetivo al cual echaban mano los funcionarios gubernamentales cada vez que deseaban justificar algún improvisado cambio de rumbo que los favorecía. Con que una persona haya entendido mi guiño, me doy por bien servido. Y sé que fue más de una.

Carlos Roa