La ausencia de diálogo como estrategia

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Siempre se ha afirmado que los dueños del poder son víctimas de una dinámica que los va aislando de resto de la sociedad. A veces son las circunstancias mismas del origen del poder o es la vocación egocéntrica de quienes lo ejercen.

Grandes revoluciones se han producido para ponerle fin a una situación en la que la élite gobernante ejercía sobre toda la sociedad un control de naturaleza inhumana que ahogaba toda posibilidad de ejercicio democrático de la ciudadanía. La revolución Francesa y la revolución rusa se produjeron para construir cauces de libertad y justicia en beneficio de sociedades ignoradas, esclavizadas, burladas por un grupo de poderosos que pensaban eternizarse en el poder con el apoyo de la fuerza militar.

Las democracias proclaman el derecho de los ciudadanos a ejercer el poder a través de líderes designados por el voto popular y destituirlos cuando consideraran que no cumplían sus promesas.

Las llamadas revoluciones socialistas prometen instaurar un sistema en el que el poder es ejercido, directamente, por los humillados de siempre y todo aquel que se opone al nuevo sistema revolucionario es declarado enemigo del pueblo, de la patria, negándole toda posibilidad de ejercer influencia alguna sobre el proceso.

Pero la nueva cúpula, que gobierna en nombre del pueblo, no solamente se va alejando de sus gobernados por el desarrollo de la propia dinámica que el ejercicio del poder impregna a la maquinaria gobernante, sino que el propio aparato asume la estrategia de la ruptura como elemento fundamental de su política.

En Venezuela se sufren los efectos de ese aislamiento producido por la ruptura deliberada del diálogo social.

Todo asomo de crítica a la gestión “revolucionaria” es descalificada automáticamente y se utilizan todos los mecanismos del poder para separar, silenciar y castigar a quienes se atreven a poner en duda la gestión oficial.

Ha sido una decisión estratégica de quienes han ejercido el poder durante estos últimos tres lustros. Se ha construido, deliberadamente, un muro para evitar todo contacto entre la revolución y el resto de la sociedad.

Hugo Chávez proclamó, desde el comienzo, que esta era una revolución que iba a convertir en “polvo cósmico” a sus enemigos. Quienes se oponían a su mandato no eran adversarios políticos, eran enemigos a muerte a quienes había que liquidar. Ya en la campaña electoral prometió “freír en aceite” la cabeza de sus contrarios y, en sus primeros años definió una actitud de intolerancia hacia todo aquel que dudara de su infalibilidad.

Es decir, la revolución privilegió siempre la confrontación, la intolerancia, la descalificación y la represión ante el diálogo, el acuerdo, el consenso, la convivencia. Los jerarcas del poder no conceden entrevistas, los voceros no aceptan preguntas, se cierran oficinas de prensa; solo se envían declaraciones, mensajes por twitter. Es un monólogo en cadena de radio y televisión.

¿Se puede afirmar que la ausencia de diálogo ha sido un rasgo de incapacidad política, de malcriadez, de sectarismo y prepotencia? ¿Cómo es que ni en la Asamblea Nacional, espacio creado para la convivencia, el acuerdo y la natural negociación, exista la posibilidad de diálogo?

Más allá de la ineptitud que caracteriza a los dueños del poder en Venezuela, en todos sus niveles, la ausencia de diálogo no es un asunto de relaciones públicas, es una decisión de carácter estratégico decidido para acentuar la confrontación y justificar la violencia contra los sectores críticos. Peor aún, la falta de contacto es una política para aislar a los creyentes en esta suerte de superstición ideológica llamada “chavismo” del resto de la población que reclama justicia, respeto, tolerancia.

Es un “cordón sanitario” construido sobre el resentimiento de una parte de la población para evitar que se “contamine” con el virus de la libertad que corre por las venas de quienes reclaman democracia.

Eduardo Orozco

Expresidente del Colegio Nacional de Periodistas. Miembro de Expresión Libre.