La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

Blog: La libertad en Cataluña

Esperanza Aguirre ha calificado como “muy anómala” la situación que vive la “libertad de expresión y de prensa” en Cataluña. La mayoría de los medios de comunicación que se han ocupado de su conferencia en el Círculo Ecuestre de Barcelona ha destacado su propuesta de “catalanizar” España para responder a la pretensión independentista de CiU y ERC, con la que colaboran socialistas y comunistas de la región. Pero merece ser tenida muy en cuenta su observación sobre el papel que los medios catalanes están jugando en la escalada.

La anomalía consiste en que falta en Cataluña “una prensa capaz de sostener la menor crítica al pensamiento único nacionalista” y esa conclusión se deriva, según Aguirre, de la sorprendente unanimidad alcanzada por todos los periódicos de Cataluña para publicar en 2009 un editorial conjunto en el que defendían “sin fisuras el Estatuto de Autonomía que estaba puesto en cuestión por contener conceptos que podían chocar con la Constitucion”, una cuestión que era “claramente discutible” pero que nadie discutió.

No es difícil darle la razón a la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, una persona que se precia de mantener lazos familiares y de amistad en la sociedad catalana, porque ha señalado un problema serio que para algunos medios que se editan en la Comunidad de Cataluña implica una ruptura con su propia historia. Por ejemplo, los dos principales diarios: “la Vanguardia” siempre fue un periódico español que nunca dejó que sus proximidades con el poder político tiñeran con color tan fuerte sus opiniones como lo ha hecho ahora el proyecto rupturista, y “El Periódico” nunca se distanció de su pertenencia a un grupo de ámbito nacional, el Grupo Z, sin que sus inclinaciones hacia el sector izquierdista le indujera una benevolencia tan clara con la secesión.

Desde distintos sectores se ha señalado que han sido las subvenciones de la Generalitat a la Prensa las que han obrado el milagro de la unanimidad. Desde luego, mucho dinero ha destinado el Gobierno de Artur Mas a ayudar a los medios, aunque el montante definitivo es de precisión imposible porque esta es una cuestión que se mueve en la sombra, huida de la luz de la transparencia. En Cataluña, la presión del poder político es fuerte y resolutiva. Acabamos de ver cómo la televisión autonómica, pública y en teoría autónoma del poder de la Generalitat, ha prestado un servicio a la causa separatista con un impensable reportaje a unos niños que declaraban su aversión a España.

Estamos ante la creación de un clima de opinión en el que la discrepancia encuentre serios problemas para hacerse notar. Y vaya si los encuentra. Una propaganda insistente ha logrado establecer la supremacía de unos mensajes “políticamente correctos” que desembocan en la necesidad de la independencia para salvar a una Cataluña víctima de la España dominante. El slogan “España nos roba” es el centro de la operación sentimentalista que busca una respuesta liberadora. Las fuerzas nacionalistas han tenido la habilidad de hacer del secesionismo una opción aceptable por quienes nunca fueron secesionistas. Y han sumado al montaje a los medios de comunicación de la Comunidad.

Estas situaciones son especialmente lesivas, porque en ellas peligra la libertad, y la historia tendría que servir para alertarnos contra ellas. Europa vivió a partir de los 50 la inhibición del sector intelectual dominado por figuras de la izquierda ante los abusos de los soviets. Quien desee recordar las consecuencias para la libertad de la apatía de una sociedad adormecida ante las injusticias puede repasar el prólogo de George Orwell a su novela “Rebelión en la Granja” en el que relata las enormes dificultades que encontró para publicarla en Inglaterra por ir contra la corriente generalizada de acomodación y ocultamiento de los crímenes stalinistas.

Aludo a este caso por su valor como ejemplo de una situación asfixiante para la libertad. Su trasfondo no tiene que ver con el de Cataluña, por supuesto, pero sí hay parangón en los efectos que causa en la sociedad la imposición de una “verdad fabricada”. Hoy la opinión crítica está tan desprestigiada socialmente en Cataluña que la verdad oficial parece la única existente. Sintiéndose protegidos, los dirigentes nacionalistas hacen y deshacen a su arbitrio sobre la  locura política que han inventado. Y mientras tanto, los que se indignan con las maniobras de la Generalitat nacionalista, los que desean que el despropósito independentista pare, los que anhelan una Cataluña española próspera y solidaria, se escandalizan en privado y evitan mostrar su indignación en público.

A nadie se le puede exigir que haga de su vida ordinaria un acto continuo de heroísmo. Efectivamente, la libertad no vive uno de sus momentos más brillantes.