La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

Había que publicar la foto

 

En los primeros años de la historia criminal de ETA, los periódicos mostraban las salvajadas terroristas con fotografías de los cadáveres, las caras ensangrentadas, la expresión congelada del pavor. En los años finales, lo que aparecía en las fotos era la imagen de los cadáveres cubiertos o la escena del crimen. Esta transformación informativa se debió a un cambio de criterio cuando se entendió que para ofrecer una noticia continuada del horror no había que recrearse en los efectos minuciosos de la crueldad de los verdugos, que todos los ciudadanos ya tenían asumida sin necesidad de que se les mostrara a cada paso.

Con los años, también se reflexionó sobre los resultados no queridos de la información sobre atentados terroristas. Partiendo del deber inexcusable de ofrecer información, se impuso, aunque no siempre, la convicción de que determinadas fotos de la atrocidad podrían servir a los propósitos de los terroristas, que asesinan a unos para provocar estragos en otros. Los medios informan para servir a la sociedad, no para servir a los terroristas. Al mismo tiempo, se tomó conciencia del efecto de la información sobre el derecho a la imagen de las personas, un derecho que a veces actúa de límite a la noticia, como el del honor y el de la intimidad. Los familiares se hicieron oír para denunciar como un atentado a la imagen de las víctimas las fotografías de sus cadáveres, un atentado añadido al que les había quitado la vida. Llevaban razón al pretender que las víctimas fueran recordadas como eran antes de tener la desgracia de ser elegidas por los criminales.

El efecto del derecho a la imagen de las víctimas se dejó sentir también con el tiempo en las piezas informativas sobre los atentados del 11 de marzo de 2004 en cuatro trenes de cercanías de Madrid, en los que resultaron asesinadas 193 personas. En un primer momento, en aquellas primeras horas de horror y angustia, sin minutos para pensar con serenidad, se escaparon fotos y películas de televisión que incidieron en el problema. La prueba de los errores cometidos se encuentra en la desaparición de esas imágenes de cadáveres destrozados en las informaciones que meses y años posteriores se fueron haciendo para recordar el drama. También se fueron relegando algunos detalles duros, escabrosos o hirientes que no eran esenciales para la información.

Ninguna de estas razones que aconsejan prescindir de una fotografía afecta al caso de la foto del niño sirio Aylan Kurdi, de solo tres años de edad, muerto en una playa turca, y que han publicado periódicos en todo el mundo. Se ha discutido mucho sobre la oportunidad de difundirla, y no pocos medios la han reducido, la han disimulado o la han evitado. Pero esa foto no hace el juego a ninguna mentalidad perversa ni lesiona personalmente al niño, protagonista a su pesar. Por el contrario, tiene un valor excepcional pues explica por sí sola la tragedia humana del éxodo de refugiados que buscan su salvación en la vieja Europa.

Es una foto que puede ser contemplada por algunos con interés morboso –porque las desviaciones son inevitables- pero contiene una fuerza informativa y una fuerza provocadora insuperables para apelar a las conciencias. La mejor prueba de la oportunidad de su publicación se halla en las reacciones que ha ocasionado en Europa; los Gobiernos se han visto golpeados, los dirigentes han ablandado su severidad y multitud de organizaciones y de personas han empezado a volcarse en ayudar a los inmigrantes. La reportera turca Nilufer Demir, fotógrafa de Reuters, hizo lo correcto ante el espanto que tenía frente a su mirada y consiguió una foto de valor excepcional, una foto que va a quedar como la crónica de un desastre de nuestro tiempo y que va a ayudar a que las cosas cambien. Nilufer Demir hizo lo que tenía que hacer, y difundir después la fotografía formaba parte del deber informativo.