La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Galería de impostores

No tuvo éxito Artur Mas en el propósito de ocultar su satisfacción por la gran pitada al himno nacional de España en el partido de la final de Copa del Rey de fútbol. En el momento en que comenzaba la prevista ofensa a los españoles por otros españoles que quieren dejar de serlo, las cámaras de televisión captaron el inicio de una mueca de sonrisa en su cara mientras elevaba la vista hacia las gradas pobladas por los insultadores. Su semblante descubría que el espectáculo le encantaba. Qué gran espectáculo, sí, para los agresores de la identidad de España y, en consecuencia, de la inmensa mayoría de ciudadanos que pueblan este país torturado por una minoría de fanáticos. Pero, por el contrario, qué deplorable espectáculo tendría que ser para él, autoridad de la administración española en Cataluña, cuyo cargo no le autoriza a causar un mal irreparable a su país, España, sino que le exige evitarlo.

La pitada al himno español, y también al Rey Felipe VI, máximo representante de la nación en ese momento, tenía la forma de un ejercicio de libertad de expresión pero el fondo de una acometida infundada, gratuita y por lo tanto injusta a los españoles, como lo sería para los ciudadanos de Cataluña una pitada a Els Segadors, himno consagrado en el Estatuto de Autonomía, que inmediatamente reclamarían respeto y que reprobarían a Artur Mas si mantuviera la actitud condescendiente y acomodaticia, por decirlo suavemente, que le captaron las cámaras. Esa exigencia de respeto al himno de la nación es la que no se le ha escuchado a Mas en las semanas previas a la agresión, prevista y hasta anunciada, sino que ha mantenido una actitud que no puede ser tenida más que por culpable.

Pero Artur Mas no es el único tibio frente a la agresión. En el palco de honor del estadio Camp Nou asistían a la organizada ofensa otros personajes que, mientras se preparaba, callaron como muertos o que no se esforzaron lo suficiente para evitarla. Allí estaban el lehendakari Iñigo Urkullu, tan timorato y blando cuando se le preguntó por el problema, los presidentes de las directivas del Atlheltic de Bilbao y del Barcelona, que se abstuvieron de requerir a sus aficiones con insistencia y convicción un comportamiento digno, y el presidente de la Federación Española de Fútbol, Ángel María Villar, del que aún se espera una llamada cabal al respeto de las instituciones. Estaban todos ellos acompañando al Rey, blanco allí de la embestida, formando lo que desde fuera, desde el lugar de los agredidos, se contemplaba como una galería de impostores.

El presidente del Consejo Superior de Deportes, Miguel Cardenal, ha sido el primer político con responsabilidades en el asunto que ha anunciado el estudio de sanciones. Vamos a si se resuelve el caso. Por el momento, lo que hay es una nueva agresión planificada al sentimiento de la inmensa mayoría de españoles, con la tolerancia o la inhibición de algunos que tienen que velar por la normalidad de la convivencia y evitar, por lo tanto, agravios como el producido. Lo que está claro es que no se trata de un inocente uso del derecho a la libertad de expresión, ocurrido además en un ámbito deportivo donde ahora se sanciona cualquier expresión de rechazo o discriminación a las personas, justo lo que significa la acometida contra un himno nacional.