La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG:Mourinho es el culpable

Una parte del periodismo deportivo está obsesionado con José Mourinho. . Cualquier seguidor de las tertulias deportivas de televisión y radio tiene ocasiones varias para asombrarse del espectáculo. Como yo, que un día de estos voy a dejar de serlo, no porque me afecte personalmente esa caza al hombre (no conozco al entrenador del Real Madrid ni nunca he cruzado una palabra con él), sino por la fatiga que ocasiona la reincidencia de algunos en la arbitrariedad, la ausencia de razonamientos y la falta de una oferta adecuada y ecuánime de información veraz.

La información es la base de la opinión, pues no se puede opinar con criterio de lo que se desconoce. El rumor no sirve para sustentar una opinión ya que el rumor adolece de lo esencial de una noticia, la garantía de su veracidad. Antes de opinar, hay que disponer de información segura. Si no, todo queda en un intercambio de suposiciones, conjeturas, simples indicios, o sea, un intercambio de humo, que sería un entretenimiento más o menos ocurrente y pasadero si no pusiera en solfa a personas ajenas y no se diera la impresión de que se está tratando de asuntos acreditados.

Este derrotero que ha tomado una parte del periodismo deportivo se debe, me parece a mí, al predominio de la opinión de los autores sobre la información, hasta el punto de que en muchos casos la sustituye por completo. La información está desapareciendo en algunos espacios deportivos engullida por la opinión personal, manifestada a veces con el énfasis típico del compromiso militante. También pasa esto desde hace algún tiempo en otras parcelas periodísticas, pero aún no con tanta intensidad aunque, tal como van las cosas, podemos temernos lo peor.

La supremacía de la opinión sobre la información sucede en dosis pantagruélicas cuando el protagonista es Mourinho, encumbrado al papel de culpable de costumbre. Da igual lo que haga, da igual lo que diga. Para una parte del periodismo deportivo, Maurinho es siempre culpable. Si habla, los habituales coinciden en reprochar sus palabras; si calla, le reprueban su silencio; si alguien asegura que le oyó decir tal cosa, le condenan; si otro garantiza que lo que dijo fue cosa distinta, le reprenden; si toma una decisión, mal; si la contraria, peor.

De entre los muchos episodios que ilustran casi a diario el asedio a que someten a Mourinho, voy a recordar dos ocurrencias significativas.

1.- Hace algún tiempo, unos periodistas abandonaron la rueda de prensa en la que por primera vez y por decisión suya fue sustituido por su segundo, Aitor Karanka. Aquellos periodistas replicaban a lo que consideraban una “ofensa”, pero lo hacían incumpliendo su deber informativo. En la siguiente ocasión, Mourinho les afeó la falta de respeto con su ayudante y se negó a responder a las preguntas de quienes se habían ausentado con el argumento provocador de que sólo hablaría con sus directores para pagarles con la misma moneda. Mourinho estuvo, a su estilo, en su sitio, no así los periodistas dimisionarios, que después nunca le perdonaron, que se sepa, el supuesto agravio.

2.- Hace unas semanas, cuando Iker Casillas, portero habitual del equipo, se recuperó de una lesión, una parte del periodismo deportivo le exigió que le devolviera la titularidad de inmediato en una clara sustitución infundada y caprichosa de la función del entrenador. Los demandantes sugerían que estaba perjudicando maliciosamente al jugador y al equipo, pero no presentaron información que lo confirmara. Todavía hoy, cuando el sustituto, Diego López, ha ofrecido actuaciones impecables, siguen requiriendo la reaparición de Casillas, que sin duda es un gran deportista, y condenando sin paliativos a Mourinho, cuya perversidad dan por demostrada.

Reacciones similares no son tan rutinarias ante otros entrenadores de futbol. Los periodistas no suelen aventurarse a suplantarlos ni hacen desplantes a sus silencios ni les contradicen por sistema. A veces ocurre exactamente lo contrario: la rendición mediática ante un club. El otro día escuché cómo el periodista Tomás Roncero acusaba vehementemente en el programa Punto Pelota a periodistas de Barcelona por guardar hermético silencio ante la noticia de que el club culé había espiado durante un año la vida privada de su futbolista Gerard Piqué.

El griterío que se desató me impidió conocer la conclusión, pues dejé de seguir la tertulia, que es lo que hago en todos los casos en que un debate de televisión o de radio se vuelve un guirigay. Pero es fácil suponer lo que habría ocurrido si el club espía hubiera sido el Real Madrid. A la lógica sorpresa se habría sumado la inquina contra el culpable de costumbre, del que algunos no habrían dejado ni las raspas. Porque una seña de identidad de cierto periodismo deportivo es su doble vara de medir ya que da muestras constantes de considerar a otros entrenadores, como el del Barça, unos santos laicos sin tacha alguna y al actual del Madrid, un perverso sin remedio.

La opinión es libre, pero la apresan quienes actúan con preconcebidos. Remedando uno de los aforismos cínicos de la profesión (“que la realidad no te malogre un buen titular”), diríamos que algunos opinantes se apresuran a emitir su veredicto sin dar a la realidad la oportunidad de que se lo impugne.