La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG:La mala prensa del PP

Decía Esteban González Pons que “en este país parece que va a acabar siendo punible pertenecer o haber votado al PP”. El vicesecretario y antiguo portavoz popular replicaba así a la denuncia periodística sobre la militancia pepera del presidente del Tribunal Constitucional, Francisco Pérez de los Cobos (que el propio Tribunal ha estimado legal, aunque se presta a discusión, como la militancia de todos los obligados a la imparcialidad, incluidos los periodistas). Pero, en el fondo, su lamento traslucía una queja por las dificultades mediáticas o de imagen que su partido encuentra, bien sea en la oposición o, como ahora, en el Gobierno.

No le faltan razones a González Pons, en medio de una tormenta mediática y política causada por las denuncias del ex tesorero Luis Bárcenas, que han estimulado críticas y reproches, una furibunda réplica de la oposición y un desánimo en buena parte de los militantes y los simpatizantes populares. No le faltan razones porque es verdad que muchas veces se aprecia una diferente vara de medir en los medios y entre los partidos según quien sea el protagonista o la acción a comentar o a denunciar. Pero a ello hay que añadir la táctica del silencio, tan querida ahora en el Partido Popular. Apuntaré tres causas de la situación que a mi parecer explican, aunque no agotan, el fenómeno. Las dos primeras son ajenas al PP, pero la tercera, error de sus dirigentes.

La primera es la peculiar tendencia de los medios, que en apreciable mayoría tributan más simpatía a otros grupos políticos cuando no, en algún caso, una palmaria animadversión contra el PP. De todos es sabida la debilidad socialista del primer diario en difusión, El País, que cuida especialmente a Alfredo Pérez Rubalcaba, y de la emisora a la que el EGM atribuye el liderazgo de audiencia, la SER, del mismo grupo. Hay diarios de ideología conservadora, como La Vanguardia de Barcelona, que se decantan por las estrategias nacionalistas, cuando no separatistas, que el PP trata de frenar y, si es el caso, de combatir. En el campo de la televisión, sección informativos y tertulias, es claramente mayoritaria la tendencia anti PP. Aún teniendo en cuenta la esperada función crítica de los medios frente al Gobierno, suele distinguirse una minuciosidad que huelga en otros casos protagonizados por otros Gobiernos y otros partidos, como es la actual corrupcion de los EREs en Andalucía o la financiación irregular de CiU en Cataluña. Qué interesante tesis académica está pendiente de hacer, con datos y análisis de contenido, sobre la oferta de información y de opinión por los medios desde la perspectiva de la ecuanimidad.

La segunda causa exógena es la insistente, incansable, agresiva y a veces pendenciera actividad del centro izquierda y de la izquierda radical con el objetivo de acorralar y desprestigiar a la derecha, que no suele replicar con la misma moneda. Con la profesionalización de la protesta, la izquierda logra además encubrir sus propios manejos. Un ejemplo de estos días: la sucesión de José Antonio Griñán en Andalucía ha partido de una designación a dedo en la persona de Susana Díaz, evitando la celebración de unas elecciones primarias anunciadas a bombo y platillo, pero nadie del PP, o casi nadie, ha recordado que los autores de esta trama censuraron durante años la designación por José María Aznar de su sucesor. A la estrategia de la izquierda suelen sumarse los nacionalistas, especialmente la coalición CiU, que es tan de derechas como el PP pero ha logrado el paraguas político y mediático de la izquierda para su deriva secesionista.

La tercera causa es el silencio que el PP guarda sobre determinados asuntos que le afectan. Se trata de una estrategia política incomprensible. Es más bien una no-estrategia. Hoy está en boca de todos la falta de respuestas de Mariano Rajoy a las denuncias de Bárcenas que aluden a financiación ilegal y a manejo de dinero negro. Poco importa, a efectos de opinión pública, que aún no se hayan confirmado. Pasará mucho tiempo hasta que la justicia diga su última palabra y mientras tanto se expande la mancha de la duda sin que desde el Gobierno se actúe lo suficiente para detenerla. Es verdad que Rajoy negó las acusaciones, como ha recordado la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, pero desde entonces se han producido un aluvión de declaraciones del ex tesorero, un torrente de noticias, miles de comentarios en los medios españoles y extranjeros, reiteradas protestas callejeras e insistentes lances desde la oposición.

Yo, que he apreciado la oportunidad de otros silencios de Rajoy, no entiendo el que guarda sobre el caso Bárcenas. (Ya me referí a ello en este blog hace tres meses). Su gestión del reto de Artur Mas me ha parecido acertada, en cuanto que sus esporádicas respuestas en tono menor han privado al secesionista de argumentos para seguir haciendo ruido, y de ese modo ha rebajado la tensión de un asunto peligroso para la estabilidad de España. Pero su mutismo sobre los problemas denunciados del partido del Gobierno afectan ahora precisamente a tal estabilidad. Una abultada mayoría, y especialmente los votantes del PP , quieren saber qué hay de cierto en las denuncias y esperan una palabra aclaratoria, firme y decidida de Rajoy. Mientras se prolonga el silencio, es Rajoy, su Gobierno, su partido y el prestigio y la tranqulidad de España los que están en riesgo. Bárcenas, sí, puede ser un mentiroso, pero esa convicción no sirve para arreglar el problema ni despeja duda alguna.

Hace unas semanas, cuando el espía Edward Snowden reveló una inmensa trama de espionaje de la CIA y puso en entredicho a Barak Obama, que viene utilizando una ley excepcional de George Bush que cinco años atrás prometió derogar, nadie habría aceptado ni entendido el silencio del presidente de los Estados Unidos. Obama salió de inmediato a hacer frente al sofocante episodio y, aunque es verdad que se beneficia de la tolerancia de grandes medios americanos con el Partido Demócrata, cortó una crisis mediática que le habría estallado en las manos. De la misma forma, se ha referido numerosas veces en sus discursos a su promesa incumplida de cerrar la cárcel de Guantánamo, lo que le ayuda a mantener la esperanza de que la clausurará antes de abandonar la Casa Blanca. La historia está llena de ejemplos de políticos que agarraron el toro por los cuernos y ganaron la batalla de la opinión pública, como Margaret Thacher cuando se hizo responsable de la muerte por agentes británicos de tres terroristas en Gibraltar en circunstancias muy discutibles. Su “sí, yo disparé” es un ejemplo de oportunidad política.

Me contaba un amigo residente en una ciudad latinoamericana su sorpresa cuando hace tres días recibió en un semáforo los periódicos gratuitos de cada mañana y al primer vistazo se encontró con una noticia que hablaba de la “corrupción” protagonizada por Rajoy, que ponía en riesgo “el crédito y la lucha de España contra la crisis”. La falta de respuesta ya no es un problema del PP sino un problema de España. Cada día que pasa, hay que preguntarse si no será ya demasiado tarde. Los conflictos de opinión pública no se arreglan en dos días y a veces no se arreglan nunca. La historia duda con frecuencia sobre si determinados episodios ocurrieron tal como se contaron. En muchos faltó alguien que pusiera los puntos sobre las íes con el propósito de establecer la verdad.