La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Ya es hora

La manifestación en Barcelona a favor de la unidad de España y contra la aventura separatista liderada por Artur Mas ha puesto de relieve, entre otros, dos aspectos significativos del problema. El primero es que los catalanes que desean seguir siendo españoles no son pocos. El segundo es que los españoles catalanes que salieron a la calle reclaman ayuda porque se sienten huérfanos frente a la presión propagandística de la secesión que como una cadena sin fin trata de acogotarlos mañana, tarde y noche. 

Al primer asunto se le puede objetar que 105.000 manifestantes -cálculo de la Delegación del Gobierno, que se halla entre la perezosa apreciación del Ayuntamiento barcelonés y la más generosa de los organizadores- es una representación exigua en una población de 7,5 millones. Si aceptamos los números despegados de su contexto, así es, pero la significación de la concurrencia crece de modo exponencial si consideramos las dificultades de mantenerse en Cataluña hoy al margen, y no digamos en contra, de la presión política, social y mediática que ejecuta en la vida cotidiana el súbito arrebato independentista.

El otro asunto tiene que ver con este último aspecto, y revela un déficit alarmante causado por una falta de respuesta proporcionada a la ofensiva secesionista de la Generalitat. Muchos manifestantes mostraban su orfandad porque se sienten desatendidos por el Gobierno y por todos los que deben defender la identidad de España. Lo ponían de relieve muchas informaciones (no precisamente las de TV3, televisión autonómica al servicio solo de unos, que después de volcarse con la presión independentista de la Diada despachó esta manifestación en un hueco de los informativos).

El sentimiento de abandono estaba presente en los mensajes de los convocantes, como el de Jordi Cañas, portavoz de Ciutadans en el Parlamento autonómico, que pidió al Gobierno que “no deje solos a los catalanes”. O como el de Francisco Caja, presidente de Convivencia Cívica, para quien la manifestación fue “un clamor dirigido al Gobierno para hacer frente al ataque frontal al Estado de Derecho y las libertades de sus ciudadanos”, y porque los españoles catalanes quieren “garantías de protección”.

Desde luego, la réplica a los promotores del delirio secesionista no ha de partir solo del Gobierno ni debe quedarse en el diálogo entre Mariano Rajoy y Artur Mas por muchos que sean, que no conocemos cuántos, los encuentros personales o telefónicos que celebran. La respuesta pública debe partir de muchas otras bocas, aunque al Gobierno se le tenga que exigir más, por su autoridad y porque la política de impugnación no ha sido hasta ahora suficiente. Los convocantes hicieron la nómina de los llamados a responder a la secesión: “partidos, entidades empresariales, sindicatos y ciudadanos”.

Efectivamente, la coacción propagandística, con mentiras letales como la contenida en el slogan “España nos roba”, es de tal calibre que se necesitan más brazos de operarios. Del Gobierno hay que esperar mensajes más categóricos y más frecuentes; de los partidos hay que lamentar las deserciones de PSOE, que no acudió a la manifestación por la unidad de España y que capitula ante las concesiones de su socio PSC al llamado derecho a decidir, y de Izquierda Unida, realmente unida a los secesionistas; de los empresarios, se esperan alusiones al negro futuro que depararía a Cataluña la independencia, que ellos evitarían trasladándose a otro lugar de España, como ya ha dicho José Manuel Lara, presidente del Grupo Planeta; y de los sindicatos, ni se sabe ni, en realidad, se les espera con entusiasmo.

Quedan los ciudadanos de fuera de Cataluña, muchos de los cuales se esfuerzan en defender la unidad en redes sociales, en llamadas a los medios y siempre que se les presenta la ocasión, pero que sienten la carencia de razones porque la frecuencia de la comunicación de los defensores de España no es la que debería. Este es un problema que ya traté en este blog: “Los españoles están desnudos de argumentos”, y “La libertad en Cataluña”, que sólo se corregiría con una réplica rotunda. Al fin y al cabo, aunque la deriva separatista nace de una decisión política, su desarrollo se basa en una maniobra de comunicación propagandística llena de escaramuzas, osadías y mentiras. Y ante ello sólo cabe la solidez de los argumentos.

Es evidente que ha llegado la hora de la réplica. Prefiero decirlo conservando aún la esperanza, que no con un pesimista “ahora o nunca”. No sé por qué, mientras pensaba en estas reflexiones, me vino al recuerdo un impulsivo poema que Gabriel Celaya escribió a mediados del siglo pasado y que tuvo eco en los años de la Transición; se titulaba “España en marcha” y uno de sus versos decía: “¡A la calle!, que ya es hora”. Celaya amaba con pasión a España (“España mía, con amor te deletreo”). Era comunista pero no estaba en los torpes equilibrios que ahora hacen sus correligionarios y otros que se dicen habitantes de la izquierda.