La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Un fracaso de la Prensa occidental

Durante el genocidio de Ruanda, de cuyo inicio se han cumplido 20 años en estos días, la Prensa occidental no estuvo a la altura de las circunstancias y ofreció a su público una escasa y deficiente información sobre los graves sucesos que ocasionaron la muerte de 800.000 personas, según los cálculos más aceptados, en escasos cinco meses, del 3 de abril al 22 de agosto de 1994. Esa inapropiada cobertura puede explicar que los países occidentales no dieran una respuesta ni inmediata ni adecuada al conflicto bélico que desangraba a esa república del África central.

Esta es una de las conclusiones de la tesis doctoral que un ruandés exiliado de su país, Evergiste Rukebesha, ha defendido esta semana en la Universidad CEU San Pablo con el título La información en tiempo de guerra. Para ello ha estudiado los contenidos sobre el genocidio de cuatro diarios occidentales, El País (España), Le Monde (Francia), Le Soir (Bélgica) y The New York Times (Estados Unidos), que han proporcionado varias sorpresas. La principal de ellas es que estos medios no aportaron datos suficientes para que los ciudadanos conocieran el drama que se estaba produciendo ni pudieran formarse su opinión.

Siendo un auténtico genocidio, la eliminación de un grupo humano, el de los tutsis, en ningún titular de estos periódicos y hay que suponer que de los demás, o al menos de la mayoría, no apareció esta palabra, genocidio. Durante aquellos días la información fue parcial, intermitente y muchas veces superficial. Los editoriales brillaron por su escasez o su ausencia y las televisiones se ocuparon, como tantas veces ocurre, de demostrar que estaban allí, en el conflicto, más que de construir un relato correcto de la catástrofe humana que estaba acaeciendo.

Fue un fracaso de la Prensa occidental. Precisamente durante el mes de mayo, en el que se generalizó el genocidio de los tutsis en todo el territorio de Ruanda, los periódicos analizados ofrecieron menos información que en los meses en que se produjo la intervención de tropas francesas y estadounidenses (julio) o la muerte de cascos azules y la repatriación de ciudadanos occidentales (abril). Al no existir suficiente información ni debidamente valorada, la opinión pública no tuvo la oportunidad de concienciarse de modo oportuno sobre la tragedia en la que estaban siendo asesinadas, de media, más de 5.000 personas al día.

Pero no sólo fracasó la Prensa. La comunidad internacional dio uno de los más desdichados ejemplos de insensibilidad, de egoísmo y, en resumidas cuentas, de incapacidad, con la ONU a la cabeza. Copio aquí un párrafo del trabajo de la tesis doctoral que explica la dimisión internacional ante la matanza:

“Las víctimas del genocidio de Ruanda fueron ciudadanos ruandeses. Los verdugos, también. Pero el pueblo ruandés se sintió abandonado por la comunidad internacional en esta tragedia. Cuando estalló el genocidio, la Organización de Naciones Unidas contaba con 2.519 cascos azules desplegados en Ruanda en una misión de mantenimiento de la paz. Pero, en lugar de ampliarles el mandato para proteger a los civiles, Naciones Unidas, con las colinas de Ruanda sembradas de cadáveres, en la segunda semana del genocidio, decidió dejar en el país una misión simbólica de 270 cascos azules y retirar a todos los demás. Este abandono del país, dejando en peligro de muerte a miles de personas, se hizo particularmente patente en la Escuela Técnica de los Salesianos de la capital, Kigali, donde los cascos azules se subieron a sus camiones y se marcharon, abandonando en el recinto a centenares de refugiados tutsis y dejando en la puerta a otros centenares de milicianos preparados para cortarlos en trozos, a machetazos, en cuanto se fueran los cascos azules. Y así fue. Antes de que las tropas de la ONU subieran al avión, los tutsis de Kicukiro [un distrito de Kigali] ya habían sido masacrados”.

Evergiste Rukebesha es un sacerdote católico que se ordenó en 1992, veinte meses antes de que comenzara el genocidio, del que pudo salir indemne. Años después abandonó su país y se estableció en España.La información sobre Ruanda hoy sigue siendo insuficiente.