La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Tertulias para detestar las tertulias

La rapidez en la difusión de informaciones es un compromiso profesional del periodismo. Las noticias han de ser confirmadas y elaboradas velozmente para ser comunicadas lo más pronto posible. Es además la salsa de la competencia, en la que se basa parte de la credibilidad de un medio. La obstinación por la celeridad ha sido germen de algunos errores del periodismo –en especial, falta de certificación de datos- pero es el motor del servicio que ha de prestar al público. Ahora bien, la rapidez es principal causa de disparates en otra de las actividades periodísticas que siguen a la difusión de noticias, la emisión de opiniones.

Digo esto como observador y oyente, sufridor en realidad, del espectáculo de opiniones puesto en marcha por algunas televisiones y radios inmediatamente después del accidente del tren Alvia en Santiago, el miércoles 24, cuando aún no se alcanzaban las consecuencias dramáticas del suceso, ni por supuesto se sabía de sus causas, que aún hoy se hallan en estudio. A poco de enterarse del descarrilamiento, había tertulianos que ya se pronunciaban sobre las circunstancias y sobre los porqués de la tragedia. A partir de ahí, y hasta la medianoche, el sufrido observador y oyente pudo escuchar variadas hipótesis apoyadas en suposiciones, en conjeturas, en deducciones sin datos, o sea, en nada.

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Fue, efectivamente, un espectáculo para lamentar. Tertulianos que habían concurrido a hablar de otros asuntos, se encontraron de pronto ante la necesidad de opinar sobre la tragedia y, salvo excepciones en este caso bien honrosas, afrontaron el apuro como si la seguridad de la alta velocidad, la estabilidad de los trenes, el trazado de las vías y el compromiso de los conductores fueran materias que conocieran de corrido. Y a ellos se sumaron quienes de inmediato quisieron pescar en el río revuelto de los cadáveres aún no cuantificados y sugirieron como causa de la tragedia el abandono y la negligencia de las autoridades de turno, que daban por confirmados, en un intento de revivir aquellas agitaciones forzadas tras el 11-M y el hundimiento del Prestige.

La prisa, la trivialidad, el sectarismo y el compromiso político están echando a perder uno de los espacios audiovisuales más interesantes de las tres últimas décadas. Lo digo porque cada día me llegan quejas de ciudadanos sobre la frivolidad de algunas tertulias y sobre la obstinación ideológica de ciertos participantes, en especial los políticos, intrusos en debates concebidos para el análisis sereno y fundado de la actualidad. Muchas personas me han abordado en los entornos más diversos para comentarme su disgusto por la deriva partidista, ideológica y huera de algunas tertulias. Y otros copartícipes me dicen que también recogen observaciones similares.

Opinar, contra lo que se suele decir, no es fácil. Hablo de opinar con criterio. Porque la opinión requiere, por una parte, información solvente –de la que carecían quienes se pronunciaban sobre el accidente ferroviario que acababa de ocurrir-, por otra, conocimiento o formación personal previa y, en tercer lugar aunque esto no agota la nómina de exigencias, criterio para deducir, para saber hasta dónde llegar y para comprender cuándo callar. Manifestar los gustos personales es muy fácil, pero analizar con razones un asunto ni es fácil ni está al alcance de todos. Y menos de quienes acaban de enterarse del caso y disponen de él una mera pincelada.

Hace unos años, Carlos Herrera planteó en su tertulia un suceso recién sucedido en China y uno de los tertulianos respondió así: “Todo lo que tiene que ver con la historia y la actualidad de China me apasiona. Ha leído muchos libros, leo a diario lo que se publica y sigo con atención su actualidad, pero es un tema tan inmenso, de tanta complejidad, que es difícil pronunciarse sobre todo lo que ocurre; así que esta vez no diré nada”. Terminada la tertulia, un miembro del equipo entró en el estudio a revelar que había telefoneado una oyente para comunicar su enhorabuena: “¡Por primera vez he escuchado a un tertuliano confesar que no sabe de algo!”. Doy fe de que así ocurrió porque yo estaba allí.

El público entiende más de lo que algún tertuliano imagina. La superficialidad, la improvisación, el partidismo, el prejuicio (y, por si fuera poco, el griterío que a veces se estimula) son síntomas de una enfermedad que afecta a un género periodístico que se arriesga a entrar en decadencia. La reacción apresurada y en ocasiones también interesada al accidente de Santiago, cuando más se necesitaba ponderación y prudencia, con toda España sobrecogida por el brutal suceso, ha acentuado, sin duda, su patología