La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Ser o no ser Charlie Hebdo

El asesinato múltiple perpetrado por terroristas de Al Qaeda en la redacción del semanario satírico Cherlie Hebdo ha provocado una inmediata reacción estimulante de la sociedad a favor de la libertad de expresión, médula del sistema democrático, y ha suscitado un reflexión también sugestiva acerca de los límites ante los cuales las opiniones deberían ser reconsideradas por sus propios autores. Los campos del debate se han establecido entre dos confesiones: “Yo soy Charlie Hebdo”, la más extendida, reproducida en millares de escenas ciudadanas y en millones de fotos y grabaciones periodísticas, y “Yo no soy Charlie Hebdo”, reservada a provocar una preocupación que atañe a la misma esencia de la comunicación pública.

Nada hay que justifique el asesinato, vaya esta obviedad por delante, y la masiva manifestación del domingo en París es una magnífica respuesta al atentado que ha arrebatado la vida a doce personas, entre ellas varios redactores y el director de la revista. Nada hay tampoco que impida reflexionar ahora y siempre sobre el tono y el alcance de las opiniones, bien sean escritas o gráficas, y sobre la consideración que se tributa a unas sí y a otras menos. No todas las opiniones son igualmente aceptadas y en la propia Francia hemos tenido un caso de discriminación que no ha pasado inadvertido para todos: mientras se ha profesado una adhesión incondicional a los contenidos de Charlie Hebdo, el presidente François Hollande ha excluido al Frente Nacional de la convocatoria de la protesta precisamente por su ideología, en las antípodas de la que animaba a las víctimas del atentado.

Quienes se han desmarcado de la aceptación completa y automática de las valoraciones de Charlie Hebdo son escritores y periodistas que señalan que no todas las opiniones son iguales ni siempre se reciben todas con el mismo sentimiento e igual aceptación. Entre estas reacciones propongo la lectura del artículo I Am Not Charlie Hebdo, de David Brooks, columnista de The New York Times, publicado el día 9 y reproducido por El País el día 10.

No ha sido la de Brooks una voz aislada a la hora de señalar la impostura de algunos planteamientos sociales, ni tenemos que bucear mucho entre nosotros para encontrar distintas varas de medir, eso a lo que tantas veces se alude por estos pagos, donde reclaman libertad de expresión los mismos que impiden que una persona invitada pueda hablar libremente en una Universidad.

La libertad de expresión está, como la difusión de informaciones, sometida a normas, se quiera o no. Repase quien lo dude la Constitución española o la legislación de cualquier democracia para ver los límites que hacen que el conflicto de derechos humanos o fundamentales no se resuelva siempre a favor de uno determinado porque no hay derechos humanos que prevalezcan sobre los demás salvo la vida. Muchas veces el derecho a la información o a la expresión ha de ceder, por ejemplo, ante el derecho al honor. Por eso, los medios de comunicación adecuadamente constituidos coinciden en autoimponerse la norma del veto a los insultos y a las difamaciones. El Mundo, sin ir más lejos, incluyó en su Libro de Estilo la norma de que todos sus textos se someterán a unas mínimas condiciones “de buen gusto y de respeto a las opiniones y sensibilidades ajenas” por lo que “excluirá de las columnas firmadas los insultos y las críticas extremas” precisando que “entre los insultos proscritos están las descalificaciones ad hominem, incluidas las referencias a las creencias religiosas, las preferencias sexuales o la apariencia física del personaje criticado”.

En la edición del domingo de este periódico Luis Oz se hacía eco de una polémica surgida en torno a los límites de la difusión de mensajes: “A las pocas horas del ataque –escribía-, el New York Times tuiteó que Charlie Hebdo «había desafiado durante tiempo los límites de la sátira». Michael Weiss, director de Interpreter, digital dedicado a analizar los medios rusos, no pudo contenerse: «No sabía que la sátira tenía límites ni que la vieja señora los hubiera descubierto»”. Pero a la hora de la verdad, pocos medios reprodujeron las viñetas más provocativas de la revista francesa, no sabemos si por miedo o por responsabilidad, como subrayaba Oz, pero lo cierto es que en el mundo profesional de la comunicación se sabe que no todo vale a la hora de decidir difundirlo, diga lo que diga Weiss. Y eso es algo que en la sociedad también se comprende por muchos, quieran o no enterarse otros.

Insistamos en que el debate sobre la importancia del respeto a los demás –a las personas, a sus ideologías, a sus creencias- en nada afecta a la condena radical que merece el asesinato de París. El “Yo soy Charlie Hebdo” es una reprobación del atentado que ha arrebatado inicuamente la vida de unas personas. El “Yo no soy Charlie Hebdo” es una llamada de atención sobre la ponderación de los mensajes. Y ambos son compatibles.