La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: ¿Se sentiría usted acosado por un escrache, señor juez?

Tengo que confesarle al juez Marcelino Sexmero que su auto  que santifica el escrache ante la casa de la vicepresidenta del Gobierno me produce sensaciones encontradas. Por un lado, me complace su defensa de la libertad de expresión cuando lo que descubrimos en el mundo tantas veces es persecución infundada por quienes gobiernan y los jueces que los secundan. Pero, por otro, me asombra que entienda que es lícito afectar a la intimidad personal y familiar de un político mediante el asedio a su domicilio y que no tiene importancia incumplir el trámite administrativo que habilita el derecho de manifestación.

Me tranquiliza comprobar que mi confusión no es insólita pues muchos medios han reaccionado entre la extrañeza y la estupefacción. El Mundo ha publicado un editorial muy crítico desde su título: “El acoso ante el domicilio sí es coacción”. El ABC le asemejaba a usted con Pilatos: “El juez se lava las manos ante el acoso a la casa de la vicepresidenta”. La Razón ha ofrecido opiniones desconcertadas por su fallo, como “provoca inseguridad” (Santiago González-Varas, catedrático de Administrativo), fue una “situación desproporcionada” (Asunción de la Iglesia, catedrática de Constitucional)… La relación de críticas se haría interminable.

Pero me intranquiliza, señor juez, que su fallo sirva de incentivo para los acosos, que muchos consideran inicuos y que enrarecen la vida política. Estos llamados “escraches”, que sólo los realizan grupos de izquierdas contra políticos de derechas como demuestra la realidad, han tenido el objetivo de inducir, incitar o provocar a los hostigados a cambiar el sentido de su voto en el Parlamento, acción ilícita contemplada en el Código Penal, art. 498, en la sección “Delitos contra las instituciones del Estado” y que no he visto citado en su auto. ¿Entiende usted, por lo tanto, que se puede apabullar de esa forma a un político para tratar de condicionar su voto?

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Permítame que le diga que encuentro en su auto una interpretación inusitada de los “escraches”. Usted asegura que la finalidad del realizado contra la vicepresidenta Sáenz de Santamaría era “expresar en la vía pública la información y las ideas del colectivo concentrado sobre la ejecución hipotecaria”, cuando en los medios ha quedado claro que los acosadores actuaban sobre diputados del partido mayoritario para condicionar la decisión del Parlamento sobre la reforma de la ley que regula los desahucios. Los afectados han dicho que se sentían intimidados y que sus familiares han sentido miedo, lo que no puede ser interpretado más que como el resultado de una violencia al menos psicológica dirigida contra ellos.

Hay otros aspectos de su decisión que son preocupantes, como el hecho de que considere legítima una manifestación que incumple la ley (la concentración ante la casa de la vicepresidenta no había sido comunicada) o que no dé importancia a la agresión a la intimidad de personas ajenas a la gestión política, que los reunidos causaron con su presencia, sus voces y sus carteles. Ya se sabe que los políticos ven reducido en la práctica su ámbito de intimidad, de lo que el Tribunal Constitucional nos tiene reiteradamente enterados, pero esa carga no puede alcanzar a quienes conviven con ellos.

De todo esto se deduce, querido juez, la necesidad de una aclaración. A ver si hay recurso pronto y resolución urgente de instancia superior. Si fuera por la defensa que usted hace de la libertad de expresión, yo nada diría. Pero se trata de algo más, que afecta a nuestra convivencia. A veces llegan fotografías de otros países que dan envidia: políticos paseando el perro, montando despreocupadamente en bicicleta… Porque si un político no puede estar tranquilo en su casa, si no puede ir a un restaurante o a un cine, ni realizar un viaje privado, la calidad de la democracia deja que desear. Se llame ese político Sáenz de Santamaría o Rodríguez Zapatero, a quien el otro día abroncaron cuando cenaba con amigos en un restaurante de Marbella.

La seguridad jurídica empieza por exigir responsabilidad a los culpables; por ejemplo, a quienes no respetan la libertad de los demás. Porque, y permítame la pregunta, ¿qué sentiría usted si doscientas personas se reunieran sin previo aviso frente a su domicilio, le impidieran salir a la calle durante un tiempo, hicieran pasar momentos de angustia a personas que conviven con usted, y gritaran frases alusivas al sentido que debía dar a una sentencia que usted debe redactar? ¿Se sentiría acosado o incluso coaccionado? ¿No le importaría que en cualquier momento otros afectados por otra sentencia montaran guardia ante su Juzgado de Instrucción?

Perdone usted, pero yo creo que hay una diferencia notable entre el ejercicio de la libertad de expresión y el acoso intimidatorio a quien debe tomar decisiones. A Winston Churchill se le atribuye una frase que de tanto usada me da prurito repetir, pero es que viene al pelo: “la democracia consiste en que de madrugada llamen a tu puerta y sea el lechero”. Los “escraches”, señor juez, no los organizan los lecheros.