La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Polémica sobre una censura

Hemos pasado del barullo de calificar cualquier restricción informativa como censura al melindre de evaluar una censura con eufemismos. La prohibición por el Ayuntamiento de Barcelona de la exhibición de la foto de un torero por las calles de la ciudad ha dejado descolocados a muchos, hasta el punto de que en un programa de televisión del sábado, La Sexta noche, todavía se polemizaba sobre la calificación que merecía. Como esta confusión no puede ser fruto del calor a estas alturas, lo será de la sugestión que causa el nacionalismo o, más en concreto, de la intimidación que ejerce la locura del secesionismo con su insistencia y su desafío.

Un amigo mío tiene otra interpretación: el independentismo catalán que ha desbocado Artur Mas, un hombre de derechas de siempre (como la CiU que preside), se ha identificado con el de los republicanos de izquierda (ERC) y ha hecho que la llamada izquierda nacional se haya acercado a la aventura con mayor o menor compromiso, llevando por ejemplo al Partido Socialista a una confusa posición que no se sabe bien en qué consiste. Eso hace que lo que proceda del actual envite separatista goce de la indulgencia que muchos conceden a la izquierda, cosa inexplicable pero evidente, de tal manera que lo que es un reprobable escándalo en manos de la derecha es a veces un simple desliz en las de la izquierda, cuando no una irrebatible decisión. Les aseguro que mi amigo suele acertar en sus análisis.

Muchos medios nos han ofrecido con frecuencia noticias de censuras cometidas en Estados Unidos con películas y espacios de televisión (asombrosamente, no con textos de los periódicos), pero quien ha tenido la curiosidad de profundizar en tales episodios ha podido descubrir que los problemas denunciados nada tenían que ver con una prohibición ajena sino más bien con operaciones comerciales de las productoras en consonancia, como por otra parte es lógico, con los autores. O, en diferentes ocasiones, eran prevenciones tomadas para defender los derechos de los públicos, como no emitir por televisión determinados filmes a determinadas horas, medidas que, por cierto, aquí no son tan frecuentes.

Hace unos años, Pedro Almodóvar regresó indignado de Estados Unidos y en cuanto puso pie en tierra denunció que la película que había ido a presentar le había sido censurada. Sus palabras corrieron por los titulares sin que ninguno puntualizara la dimensión del atropello, pero quien leyó un poco más descubrió que había consistido en distribuir la cinta por cines destinados a determinado contenido erótico. Nadie la prohibió y todo el que quiso pudo verla. Se confirmaba una vez más la ligereza (o truco comercial) y también el diagnóstico de gente enterada, como Furio Colombo, periodista italiano viajado y conocedor de Estados Unidos, que sostiene que cualquier censura es inimaginable en aquel país (interesados pueden leerlo en su libro Últimas noticias sobre el periodismo, Anagrama).

Sin embargo, con el atropello cometido por el Ayuntamiento de Barcelona, en manos de un nacionalista de CiU ahora separatista en connivencia con la izquierda republicana, Xavier Trias, se han intentado todos los sinónimos elusivos de la censura: veto, restricción, negativa, denegación, obstáculo… y todo lo que ha dado de sí el ingenio de algunos sometidos, por supuesto de buen grado, a la sutil imposición de lo políticamente correcto. Ha habido también quien ha empleado el término censura y en este caso ha dado en el clavo.

Porque ha sido una censura. Para impedir la difusión de la foto del torero Juan José Padilla, por otra parte excelente obra del fotógrafo Daniel Ochoa de Olza, el Ayuntamiento no podía aducir un solo límite de los que legalmente condicionan la difusión de mensajes, algunos expresamente recogidos por la Constitución y centrados en especial en proteger los derechos fundamentales de las personas. Su objetivo era impedir que la imagen de un torero habitara en las calles de Barcelona, como parte del anuncio de un evento cultural, después de que se hayan prohibido por un acuerdo político las corridas de toros y se haya cerrado la plaza a tales espectáculos.

Ha sido una prohibición dictada por egoísmo político. Si el provecho y el beneficio de quienes gobiernan fueran suficiente razón para limitar el derecho humano a la expresión, a la información y a la creación artística, la libertad habría muerto y la discrepancia sería un delito. Es vano que el Ayuntamiento aduzca que el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, que acoge la exposición de World Press Photo que anunciaba la instantánea del torero, sea un consorcio formado por la Diputación y el Ayuntamiento barceloneses. La libertad de expresión es un valor superior que debe ser respetado, también en y por una empresa pública. (Aquí podríamos empezar a hablar y no acabaríamos de la televisión autonómica, TV3). Además, el mensaje proponía un criterio tan válido como, si acaso, su contrario.