La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Pitar a Casillas, ¿un derecho o no?

Las pitadas a Iker Casillas, ya usuales, en el estadio Santiago Bernabeu han suscitado en las tertulias deportivas que pueblan los medios audiovisuales determinados comentarios de reproche a los espectadores. Es frecuente escuchar cómo algún comentarista amonesta a los autores de los pitos por abroncar a una primera figura del futbol nacional. “No tienen derecho a tratar así a un deportista que lo ha dado todo por su equipo y por la selección”, dijo poco después del último incidente un tertuliano que inmediatamente se vio respaldado por alguno de sus colegas.

¿No hay derecho a pitar a Casillas? Todo lo contrario. En cuanto se trata de la manifestación de una opinión, los espectadores que se expresan con silbidos actúan correctamente, tan correctamente como los que al mismo tiempo o en otras ocasiones prorrumpen en aplausos. Aplaudir o silbar son dos modos de expresar conformidad o desaprobación con un actor público, no vamos a sorprendernos ahora de eso. Otra cosa es que la pitada o el aplauso puedan parecernos inoportunos, infundados o desproporcionados, como cualquier mensaje de opinión, pero la discrepancia con el contenido de un mensaje no faculta para vetarlo. Son inaceptables los mensajes que constituyan una agresión ilegítima a los derechos fundamentales individuales, entre ellos el respeto debido a las personas que impone el derecho al honor, esos límites mínimos que demanda la convivencia.

Los futbolistas, como profesionales sometidos al juicio público, han de soportar constantemente muestras de aprobación o de rechazo. En la misma situación se encuentran actores, músicos, políticos, periodistas… La reacción de los espectadores forma parte de la actividad de muchísimas actividades. Y, como suele decirse, el público o el cliente siempre tienen razón, en el sentido de que les asiste el derecho a quejarse. En la última protesta de los aficionados, Casillas mostró su descontento y protestó airado a su vez contra quienes le silbaban. Nada extraordinario sucedió pues el actor también tiene derecho a mostrar sus reacciones, a las que en justa correspondencia cabe exigir un respeto proporcionado. El incidente de la protesta y del disgusto es un intercambio de opiniones.

No confundir con lo que se avecina. En el ámbito del espectáculo futbolístico estamos pendientes de la presagiada pitada al himno nacional en la final de la Copa del Rey el día 30 por las aficiones del Athletic de Bilbao y el Barcelona. Nada tiene que ver esto con los reproches a Casillas por una parte de la afición del Real Madrid. La pitada al himno, de la que ya nos ocupamos aquí, es la hipocresía de quienes desprecian a la entidad política que ampara el campeonato deportivo en el que participan voluntariamente y, lo que resulta más importante, una agresión gratuita a quienes se sienten representados por un himno nacional. Los pitos al himno de España entrañan un desprecio a los españoles, y son una provocación arbitraria y abusiva que no se admite en ninguna nación del mundo.

Los pitos a Casillas pueden dolerle más o menos, pero entran en su sueldo; se comprende su disgusto, pero el público tiene derecho a manifestar su opinión. Los pitos al himno nacional por unos españoles que quieren dejar de serlo son una agresión injustificada a la inmensa mayoría de los españoles que desean seguir siéndolo y que no tienen obligación de soportarla.