La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Perseverar en el error

Los esfuerzos que desplegó el presidente de la Academia del Cine, Enrique González Macho, para que la gala de los Goya no se convirtiera en un mitin político tuvieron éxito relativo. El espectáculo no igualó en tensión política a la gala de 2003 con el slogan “no a la guerra” pero no faltaron soflamas que tenían mejor acomodo en una protesta callejera. El propio jefe de la fiesta incluyó en su discurso de cal y arena algunos reproches políticos pero la presentadora, Eva Hache, trufó sus frecuentes apariciones con invectivas que alcanzaron hasta a la Casa Real

Se preguntarán algunos lectores por qué este blog, que está dedicado a la libertad de expresión, se ocupa de un evento cinematográfico cuando la realización de películas no está sometida en España a limitación que amenace el uso de esa libertad. Dos razones hay para ello: la primera, que se había puesto en danza que se iba a restringir el derecho de los participantes a expresarse como les viniera en gana; la segunda, que, vistos los antecedentes, era oportuno valorar si lo que se dijera podría alcanzar la categoría de lo que se dijo entonces y causar los inconvenientes que originó aquello al cine español, principalmente la animosidad de una parte de la afición.

Porque, empecemos por la segunda, la libertad de expresión, que es un derecho fundamental, permite a uno decir lo que quiera (respetando los límites elementales basados en los derechos ajenos que impone la convivencia) pero no anula la exigencia de responsabilidad. O sea, que de nuestras libres opiniones podemos tener que soportar inconvenientes. En el 2003, los cineastas que aprovecharon la coyuntura para mostrar su rechazo al Gobierno de José María Aznar con el “no a la guerra” lo hicieron usando de su respetable libertad pero se expusieron a que los discrepantes de su jugada les hicieran pagar por ella, por ejemplo ahorrándose ellos de pagar en taquilla. De ahí el patente descenso de los ingresos del cine español. Ahí se vio que aquello fue un error que les pasó factura.

La gala de este año ha exhibido menos protestas entre una abundancia de speeches en que los premiados hablaban de sus emociones y su gente, pero no ahorró a los espectadores quejas contra los recortes que aplica el Gobierno como las de Candela Peña (que dijo haber visto morir a su padre “en un hospital público en el que no había mantas ni agua”), José Corbacho (que le negó el saludo, “sólo al 21 %”, al ministro de Educación, José Ignacio Wert, presente en la sala) o Maribel Verdú (para quien nuestro sistema “permite robar a los pobres para dárselo a los ricos”). El no a los recortes, lema que exhibían en una pegatina sólo pocos actores, no con la profusión de 2003, será objetado por quienes entienden que ahorrar es una medida gubernamental necesaria para luchar contra el despilfarro de los últimos años y la crisis. Y esa objeción algunos la concretarán en resistirse a consumir cine español. Serán las consecuencias de perseverar en el error.

Los más numerosos vapuleos políticos salieron de la boca de la presentadora, quien aludió a la Casa Real, al presidente del Gobierno, a ministros, entre ellos el espectador Wert y Cristóbal Montoro, con críticas a la amnistía fiscal y los recortes en sanidad y educación. Todo ello confirmó que no se habían impuesto límites a la expresión de los participantes, en contra de lo que algunos dijeron, pero dio a la gala un tinte de oposición al Gobierno que en ocasiones se sobrepuso a la finalidad proclamada de celebrar la gran fiesta anual del cine.

El presidente González Macho criticó algunas decisiones del Gobierno (la “brutal subida del IVA”, mala alternativa a la supresión del canon digital), pero el tono institucional de su discurso, la alusión a algunos proyectos positivos (la nueva ley del cine, “gran esperanza” tras sentarse por primera vez el poder político y la industria) y el intento de evitar la lucha política (“el cine español no es ni de los de la ceja, ni de los del bigote, ni de los de la barba… nos pertenece a todos”), le permitió situarse por encima de la contienda política que un sector cineasta pretendía activar en cuanto tuviera un micrófono a mano.

Lo que se vio confirma que un sector del cine español sigue excitado contra un Gobierno conservador, hoy el de Mariano Rajoy, desde aquel estrépito contra el de Aznar y tras pasar unas plácidas vacaciones en la etapa de Rodríguez Zapatero. Este despertar no es exclusivo del cine. Antes les ha pasado a los sindicatos de clase por no citar otros significados sectores. Si viviera Ortega, su definición como “hemiplejía moral” de la elección entre derechas e izquierdas (en el “Prólogo para franceses” de La rebelión de las masas) la aplicaría hoy a la desazón de una cierta llamada izquierda cuando no gobiernan los suyos.

El momento más estimulante de la gala, entre tanta alusión política interesada, llegó en los minutos finales cuando Pablo Berger, director de la película ganadora, “Blancanieves”, lanzó un “Viva el cine libre”, que simboliza el triunfo del ingenio cuando se puede trabajar en libertad. Las dos cintas más premiadas, “Blancanieves” y “Lo imposible”, ésta de Juan Antonio Bayona, son dos grandes películas basadas en el esfuerzo y el talento, que siempre han producido muchos más frutos que la subvención.