La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: La vida privada de François Hollande

No es la primera vez que François Hollande visita este blog. El 9 de septiembre del año pasado la retirada de una fotografía en la que aparecía nada favorecido le convirtió en protagonista de un problema de comunicación. Las agencias France-Presse y Reuters eliminaban la foto de su servicio después de haberla circulado, no se sabe si admitiendo un consejo superior, cosa que no fue confirmada pero sí lógicamente presagiada. El remedio fue peor que la enfermedad pues el lance dio alas a la imagen, que pasó a ser de conocimiento general cuando podía haber pasado inadvertida, como tantas otras de la actualidad del día.

Ahora Hollande ha protagonizado la portada y siete páginas de la revista Closer, que lo ha mostrado visitando fuera de las horas de oficina el apartamento de la actriz Julie Gayet, 18 años menor que él, mientras su pareja, Valérie Trierweiler, permanece en el palacio de El Elíseo (salvo este último fin de semana en que ha debido ser trasladada a un hospital por razones fáciles de entender). Ante la conmoción pública causada, al político francés no se le ha ocurrido otra que reclamar respeto a su vida privada, de la que dice que ha sufrido un “atentado”, y anunciar que estudia medidas, “incluidas las legales”, contra la revista . Ambos asuntos, vida privada y recurso, están conectados. Veamos por qué y si Hollande tiene razón para protestar.

La vida privada de las personas actúa con frecuencia como límite al derecho a la información y a la expresión. Los asiduos a este blog acaso estén cansados de leérmelo, pero ellos también entienden que en las actuales circunstancias confusas del campo mediático, con tanto entremetido reincidente, conviene no dejar de repetirlo. En esto hay que hacer lo que aconsejaba aquel autor teatral -hay quien se lo atribuye a Jacinto Benavente-, que proponía que sobre el escenario se digan las frases importantes tres veces, porque a la primera se entera la mitad de los espectadores, a la segunda, la otra mitad, y a la tercera…, algunos críticos. Pues eso: la vida privada, la intimidad, es un límite a la comunicación.

Pero como no puede ser un límite permanente porque en ese caso el derecho a informar y a opinar estaría en un rango o nivel inferior, a veces éste prevalece sobre el derecho a la intimidad y los demás derechos de la personalidad, momento en el que es legítimo comunicar aspectos de la vida privada ajena o que afectan a la imagen o al honor. Nuestro Tribunal Constitucional ha insistido en que la legitimidad de la información en esos casos se encuentra en la importancia y el carácter público de los hechos. Precisamente en la última sentencia sobre este conflicto usual, de 16 de diciembre pasado, que yo glosaba en el último post, el Tribunal reitera su jurisprudencia que me permito repetir aquí siguiendo el consejo citado del dramaturgo:

“El valor preferente del derecho a la información no significa dejar vacíos de contenido a los derechos fundamentales de las personas afectadas o perjudicadas por esa información, que han de ceder únicamente en la medida en que resulte necesario para asegurar una información libre en una sociedad democrática (…). De modo que la legitimidad de las informaciones que impliquen una intromisión en otros derechos fundamentales, como el derecho al honor [o a la intimidad], requiere no sólo que la información cumpla la condición de la veracidad, sino también que su contenido se desenvuelva en el marco del interés general del asunto al que se refiere”.

Se podría pensar que la historia que cuenta Closer persigue solo satisfacer la curiosidad ajena, pero ocurre que afecta nada menos que al presidente de la nación, que tiene derecho a su vida privada, sí, pero al mismo tiempo ha de someterse a la servidumbre de la información que el público necesita. Un político está obligado a soportar el ojo escrutador de la opinión pública sobre todo aquello que integra su personalidad y parece evidente que sus devaneos amorosos y sus pretensiones de clandestinidad son reveladores de su manera de ser y que a sus votantes, muchos o pocos, pueden resultarles significativos.

No hay que perder de vista que un político que pide el voto popular se expone voluntariamente al examen público y debe estar dispuesto a soportar la información sobre actividades privadas que en el caso de otros ciudadanos están protegidas por su derecho a la intimidad. Por ello, la pretensión manifestada por Hollande de actuar contra la revista es impropia de un político de ese nivel. Le han sorprendido en una aventura delicada, pero es una aventura que, tratándose de un político que pide el apoyo popular y administra los intereses generales, interesa a sus administrados, los cuales tienen derecho a recibir información que enfoque la personalidad de quienes les gobierna.

Se trata, por otro lado, de información veraz, pues el propio Hollande la ha confirmado con su queja pública. Así que el único soporte que puede tener su anuncio de emprender medidas contra la revista es su esperanza –bastante ingenua- de que sea tomado por ella como una amenaza y cese en la publicación de la historia, lo que no ha ocurrido, y no parece que vaya a ocurrir, como demuestra Closer en su página web , donde mantiene todos los detalles de su información.

Un último detalle ciertamente llamativo: una mayoría del 77% de los franceses piensa que lo ocurrido es “un asunto privado que solo afecta a François Hollande”, según una encuesta que ayer publicó Le Journal du Dimanche. Contrasta este dato con el espectacular aumento de ventas de la revista y de entradas en su web, además del impacto que ha tenido en medios de todo el mundo, lo que demuestra que muchos entienden que ese aspecto de la intimidad presidencial no es exactamente un asunto privado que nadie deba conocer. Quizá, como sugiere un responsable de la agencia encuestadora, Hollande era ya antes tan impopular (solo el 25% apoya su gestión) que este episodio no afectará mucho a su consideración pública.