La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: La libertad de expresión también le debe a Adolfo Suárez

En la obra política de Adolfo Suárez también se encuentra la instauración de la libertad de expresión. Era inevitable para establecer una democracia; sin libertad de expresión no hay libertades. Pero fue una de sus primeras resoluciones, claramente orientada a lograr su objetivo final.

En julio de 1976, cuando toma posesión de la Presidencia del Gobierno, rige la ley de Prensa e Imprenta de 1966, que controlaba la información mediante el establecimiento de unos límites políticos y las facultades atribuidas a la Administración para sancionar a los medios.

Desde antes de la muerte de Franco los periódicos y algunas radios –no la única televisión pública, sometida a control directo- habían ensanchado en la práctica los límites con su actividad informativa, situación que se había consolidado tras el 20N de 1975 de tal manera que en España circulaba información real, aunque redactada con lógicas precauciones.

Fiel a su plan de “elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es plenamente normal”, uno de sus declarados propósitos, derogó por decreto-ley los controles establecidos sobre la información y proclamó la libertad de expresión cuando se iban a cumplir los nueve meses de su toma de posesión.

El real decreto-ley 24/1977, de 1 de abril sobre Libertad de Expresión, publicado en el Boletín Oficial del día 12, definía como “indeclinable” la libertad de información y establecía que no tendría “más limitaciones que las establecidas en el ordenamiento jurídico con carácter general”, por lo que derogaba las existentes en la ley de Prensa citada.

No obstante, esta norma seguía manteniendo algunas cautelas, propias del tiempo de transición, hasta que otra norma superior las suprimiera definitivamente. Así, mantenía el secuestro administrativo para evitar contenidos “contrarios a la unidad de España”, que fueran en “demérito o menoscabo” a la Corona o que atentaran al “prestigio institucional” de las Fuerzas Armadas.

Era un reflejo de las ambiciones y las prudencias con que se tomaron determinadas decisiones en aquellos momentos en el que un régimen se resistía a morir –los franquistas radicales pretendían establecer un cerco en torno a Suárez- mientras se iba alumbrando por vía de reforma el nuevo sistema. El decreto-ley pretendía preparar el terreno para la libertad pero los riesgos aconsejaban precauciones.

No obstante, a partir de aquel momento, los medios de comunicación entendieron que la libertad de expresión era ya terreno conquistado y la información fluía con naturalidad. Pocas semanas después se celebraban las primeras elecciones democráticas, 15 de junio, que discurrieron en medio de un ejercicio prácticamente libre de la libertad de expresión y de información.

Y poco más de un año después, esta libertad quedó plasmada en la Constitución, cuyo artículo 20 contiene el más amplio reconocimiento a los derechos relacionados con la comunicación, en parangón con las consolidadas democracias occidentales.

El presidente Suárez fue en los años posteriores víctima de una campaña de críticas y desprestigio, que tuvo principalmente tres orígenes: su partido, Unión de Centro Democrático, que empezó como coalición y terminó en rencillas internas tras la promulgación de la Constitución; los partidos de la oposición, principalmente el Partido Socialista, que en muchos aspectos fue cruel con él y no le reconoció el mérito de su labor; y parte de la Prensa, que secundó con ardor el trabajo de zapa de la izquierda.

Adolfo Suárez soportó esas acometidas hasta que su paciencia y su fortaleza no aguantaron más y el 29 de enero de 1981 presentó su dimisión. Aunque muchos de los ataques que recibió fueron injustos y desmedidosy el reconocimiento que se le tributa tras su fallecimiento así lo confirma-, Suárez los soportó con aparente serenidad. Procedió siempre como un político demócrata. Pero es incuestionable que fue demasiado lo que tuvo que resistir y que un uso arbitrario de la libertad de expresión le causó a veces heridas que, no obstante, no provocaron en él una sola queja pública.