La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: La comunicación del terror

El terrorismo necesita de la comunicación. En cierto sentido, el acto terrorista es un acto de comunicación pues concibe el crimen para que sea conocido y afecte al sentimiento de la gente. Un acto terrorista que no obtiene repercusión es un fracaso de sus autores, pues no tratan solo de causar un daño inmediato -el daño que sufren sus víctimas directas- sino de extender el efecto inquietante de su crimen -el miedo, la inseguridad, las dudas…- a un número elevado e indeterminado de personas mediante la información consiguiente.

Este aspecto nuclear del terrorismo ha preocupado a muchos profesionales de la comunicación, que han debatido con frecuencia sobre la mejor manera de informar sobre actos terroristas, partiendo de un acuerdo elemental: la información no se debe obviar, todo acto terrorista debe ser objeto de información adecuada y veraz. La razón es bien sencilla, en estos casos y en otros asuntos de relevancia social, porque el silencio sobre hechos importantes es una quiebra del valor social de la información y una fuente de sospechas y rumores que ponen en serio riesgo el derecho de todos a la información.

Pero la información sobre actos terroristas tiene sus propias normas, como cualquier información especializada. Por ejemplo, no se puede elaborar con el mismo estilo ni con términos similares una noticia de economía y una noticia de deportes, hay noticias que no deben entrar en el espacio de la intimidad de unas personas y sí deben hacerlo en el de otras cuya actividad posee relevancia pública. El periodista sensato conoce estos límites y sabe cómo tratar la informacion.

La primera condición que ha de cumplir la información de un acto terrorista parte de la evidencia de que los terroristas actúan para que el periodista trabaje, o sea, para que difunda sus hazañas, lo cual le pone en el compromiso de cumplir escrupulosamente su deber profesional, que es el de servir al público y no a los autores del hecho noticioso. El acto terrorista hay que relatarlo con la aportación de todos los datos que requiera una información correcta, sólida y verdadera, pero no con aquellos otros detalles que desee el terrorista para realzar su acción y que son prescindibles.

Desde que el grupo terrorista Estado Islámico ha realizado y distribuido vídeos de sus asesinatos se ha planeado en muchos foros la cuestión sobre la oportunidad de difundirlos o no. Por lo general, los medios de comunicación han optado por prescindir de ese material aunque no ha sido difícil encontrarlos en algunos territorios embrollados y carentes de normas que están instalados en internet. Y esa decisión ha sido acertada porque la difusión de los vídeos no sirve a las necesidades informativas sino a los interés de los terroristas.

Un periodista que informa de un acto terrorista es un profesional que trabaja al servicio de los ciudadanos, pero no es un portavoz de los terroristas. Por eso debe también despojar el lenguaje informativo de los términos que usan los terroristas para disfrazar sus crímenes. Hay un término que cumple esa misión y que a veces se escapa en las informaciones, que es el verbo ejecutar. Los terroristas no ejecutan, en el sentido de ajusticiar, hacer justicia, que quieren dar a sus acciones, sino que asesinan, y un periodista debe hablar de asesinatos y de asesinos.

Todos los terroristas emplean similares armas semánticas y tienen los mismos objetivos de extender los efectos de su violencia mediante la comunicación. ETA lo intentó siempre en sus atentados y a veces lo consiguió, en especial en los primeros tiempos, en los que los periódicos publicaban fotografías de víctimas acribilladas por las balas o destrozadas por las bombas. Después las fotos de los asesinados fueron desapareciendo, lo que se ha convertido en una costumbre informativa en la Prensa más profesional. Del atentado a las torres gemelas en Nueva York no se difundió ni una sola foto de víctimas. Tras el atentado del 11M en Madrid, aparecieron fotos de cuerpos maltrechos en los primeros días, pero poco a poco esas fotografías fueron descartándose hasta desaparecer cuando al cabo de un año se hizo balance de la tragedia. El periodismo no está para gratificar los intereses de los terroristas.

Ahora, con las posibilidades que ofrece internet, se argumenta que los medios pierden el tiempo siendo cuidadosos en el tratamiento del terrorismo porque los vídeos, en estas semanas los del Estado Islámico, acaban circulando por la Red. Es un argumento infundado, porque el que la difusión de una perversión sea técnicamente posible no la hace ética o necesariamente comunicable. No todo lo técnicamente difundible es apropiado o indispensable. Por otra parte, los medios de comunicación tienen una función que cumplir, que es la de ofrecer información adecuada, evitando la exageración, las mentiras, las tergiversaciones y las técnicas del sensacionalismo, que implican un abuso de la atención que les prestan los públicos. Ojalá alguna vez las organizaciones que prestan su apoyo en internet, por la razón que sea, a la difusión de contenidos reprobables, como los videos de los terroristas, tomen ejemplo de la Prensa profesional. Así dejarán de ejercer una colaboración que los terroristas son los primeros en desear.