La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: La BBC censura, dicen

La izquierda radical ha descargado su ira contra Margaret Thatcher en el momento más inoportuno, cuando la dama de hierro ha fallecido derrotada por la enfermedad. Ha celebrado su defunción con desbordado jolgorio. Cuando muere alguien de derechas está justificado el descorche de champán. También está permitido denigrarle, aunque su derecho al honor no se extinga en el instante en que su corazón deja de latir. Por eso se ha ofuscado en objetivos tan ridículos como vigilar la emisión por la BBC radio de una canción ofensiva. Cualquier decisión distinta por los responsables de la emisora ya la catalogó de antemano como un acto de censura.

El rencor de la izquierda contra Thatcher llegó a exigir a la BBC la emisión completa de la canción Ding, dong! The witch is dead (¡Ding, dong! La bruja ha muerto), uno de los cinco discos singles más vendidos en la semana, del que la dirección decidió ofrecer unos pocos segundos para cumplir con el guión de su programa Top 40 y paliar en lo posible la ofensa a la fallecida. La canción, de los años treinta, perteneciente a El mago de Oz, fue adoptada como himno por los enemigos de Thatcher, que no han reparado en esfuerzos para desprestigiarla. En su ofensiva acusaron de censura a la BBC, como si la propia “bruja” maquinara después de muerta.

Pero al reducir la emisión del disco a unos segundos, la BBC no ha practicado un acto de censura. Lo que ha hecho ha sido tener en cuenta el derecho de una persona ajena a ser respetada, que en eso se traduce el derecho al honor. Este derecho humano actúa con frecuencia como límite a la difusión de informaciones y opiniones. Tampoco habría cometido la BBC una censura rechazando la canción de la “bruja” si entendiera, y en ese caso mejor que lo explicara, que el respeto a la fallecida le obligaba a evitar la denigración contenida en ella. No dudo que este argumento alarmará a los que suelen desenfundar la palabra censura contra cualquier resolución que impida la difusión de un contenido, confusión muy frecuente. Me explicaré.

Quien decide sobre el contenido de un medio de comunicación realiza continuamente una labor de selección. Elige las noticias que va a incluir en el periódico o en el noticiario y las que va a depositar en la papelera, las imágenes, los sonidos; decidirá quiénes son los protagonistas, a quiénes entrevistará y a quiénes no; qué acontecimientos irán en primera página o en la cabecera del informativo, etc. etc. El trabajo profesional plantea al comunicador el deber de optar repetidamente y siempre es mayor el número de acontecimientos que desecha que el de los que alcanzan el brillo de la difusión. Todos los sucesos de la vida no caben en las páginas de un diario ni mucho menos en los minutos de un noticiario. Ni siquiera en una web.

La selección se realiza barajando varios criterios de valoración, entre los que se encuentran la relevancia de los hechos, su importancia para los ciudadanos, su singularidad o su proximidad. Y también los comunicadores tienen en cuenta –o han de tener en cuenta, que de todo hay- la afectación de los contenidos para otras personas. Es aquí donde entran en juego los derechos de la personalidad –al honor, a la intimidad y a la propia imagen-  que muchas veces actúan de dique de contención del torrente comunicativo. Por eso, por ejemplo, figuran en el Código Penal los delitos de injuria y calumnia, que se cometen con la difusión de contenidos inadecuados.

Y llegamos al momento culminante de nuestra reflexión, que traduciré en una pregunta: ¿diremos que todo lo que deciden no incluir los comunicadores en un periódico o en un noticiario ha sido objeto de censura? Si respondiéramos estaríamos llegando al absurdo de exigir medios de comunicación inacabables y de considerar a sus responsables, desde el redactor de base hasta el director, simples censores de su contenido. La respuesta ha de ser no, admitiendo que el deber profesional de los comunicadores consiste en realizar una adecuada selección de los contenidos, eliminando lo menos significativo o relevante, entre ello las mentiras, y evitando los contenidos que han de quedar fuera de lo comunicable.

La censura es una decisión ajena al proceso de la comunicación que consiste en eliminar del flujo comunicativo aquello que el público tiene derecho a conocer o recibir. Pero hay mensajes que no son comunicables por razones varias, porque, por ejemplo, no son importantes o porque son propiedad de otros, que deciden cómo deben ser difundidos (una película, un libro, etc., de ahí lo que conocemos por piratería: apropiación indebida de un producto que tiene dueño), o porque causan lesión a otras personas, que tienen derecho, por ejemplo, a que se respete su intimidad y su honor, su fama.

En definitiva, cuando no se difunde un mensaje peyorativo u ofensivo para otro –podríamos decir también: cuando no hay una razón preferente para difundir una ofensa- no se está censurando ese mensaje sino decidiendo sobre su licitud. Y eso ocurre muchas veces al día en la vida de la comunicación. Por supuesto, todo el mundo está en su derecho de discrepar acerca de los criterios de selección de los que trabajan en los medios; pero una cosa es ese juego de opiniones y otra bien distinta es acusar de censor a quien decide no poner en circulación determinado contenido en cumplimiento de su responsabilidad profesional.

Precisamente, sobre la emisión de Ding, dong! The witch is dead en el Reino Unido se desató estos días una polémica cuando se supo que la BBC se sentía obligada a programar la canción.  Partidarios de la Thatcher pidieron que no se radiara para respetar su memoria. Incluso la izquierda moderada, un sector de los laboristas, apoyó estos argumentos. Pero la izquierda radical no atenuó su furor. Su obsesión contra la mandataria conservadora, a parte del mal gusto de no respetar ni su entierro, le llevó a adulterar el sentido y el valor de la libertad de expresión.