La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: La abdicación del Rey

El líder del Partido Socialista de Cataluña (PSC), Pere Navarro, ha disgustado sobremanera al líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y teórico superior suyo, Alfredo Pérez Rubalcaba, al pedir la abdicación del Rey Juan Carlos. ¿Acaso la aflicción de Rubalcaba se debe a que su colega se ha situado fuera de la ley? En absoluto. La Constitución española lo aguanta todo, de tal modo que cualquiera puede proponer su reforma para cambiar el régimen, acabar con las autonomías, crear muchas más o consumar la segregación de un territorio. Lo único que exige es que la alteración se tramite por el cauce establecido por la ley, o sea, democráticamente, no como Artur Más, que ha trazado un camino ilegal para su ensoñación de una Cataluña independiente.

El enfado de Rubalcaba se debe a dos razones, una coyuntural y otra sustancial. La primera es que Navarro se entrometió en el debate parlamentario del Estado de la Nación cuando aquél se preparaba para responder en cuestión de minutos al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Era un trastorno accidental, fortuito aunque muy influyente –“¡Maldita sea!”, que diría el propio Rubalcaba- que podría haber abierto un frente polémico más a los que tenía que atender en momento político tan delicado.

La segunda razón tiene más enjundia. Al decir eso Navarro se salía de la madre del discurso oficial del socialismo, pues es el partido el que decide cuándo es el momento de mencionar según qué cosas. El político catalán se declaraba en rebeldía contra la norma de la disciplina, a la que están obligados todos los militantes de los partidos y que impone, entre otras constricciones, que hay cosas que no pueden decir.

Pedir la dimisión del Rey no lesiona la Constitución pero transgrede una norma particular, sin que esta norma sea por ello necesariamente inconstitucional. Parece una incongruencia pero no lo es. La restricción de derechos y de libertades puede operar legítimamente cuando ha sido aceptada de manera voluntaria. El militante del Partido Socialista –en realidad, de cualquier partido- admite que no puede hacer y no puede decir, y además que tienen la obligación de hacer y decir, determinadas actividades y concretos mensajes para realizar una ordenada militancia.

Les pasa a todos los que integran un grupo, con más determinación cuanto más radical sea la pertenencia exigida: el socio de un club cinegético no podrá parar mucho en él si no defiende con ardor el arte de la caza, el miembro de una peña culé perderá su sitio si elogia el juego del Real Madrid, el militante del partido se expondrá a sanciones si emite opiniones desaprobadas aunque sean de libre exposición para sus vecinos.

Aunque tenga que someterse a las servidumbres de la militancia, a Navarro no le place demasiado eso de ahorrase su opinión sobre el Rey, y también ha ido por libre, en zigzag, paso adelante y pasos atrás, en el enredo del independentismo ideado por Mas, sin doblegarse al cien por cien a lo que diga el PSOE y propinándole motivos de insomnio a Rubalcaba.

En la trastienda de la demanda de abdicación están las tradicionales difíciles relaciones entre el PSOE y el partido coaligado catalán. Ustedes dirán que qué tendrán que ver el Rey y la estabilidad del sistema con los líos de dos partidos que se entienden a ratos y según qué casos. Pero a veces los problemas políticos nacen en peleas internas y acaban viéndose afectados quienes ni siquiera pasaban por allí.

Por lo demás, en la propuesta de Navarro hay dos detalles muy interesantes que ayudan a entender su pronunciamiento. El primero es que pide que el Rey renuncie mientras él se declara “republicano convencido”, lo que significa que no le mueve un sentimiento de afecto por la persona del monarca a sus 75 años de edad ni un deseo de vigorizar la institución monárquica, sino todo lo contrario. Un republicano que logra interrumpir un reinado ha cubierto una etapa de su ruta. El segundo es que utiliza su argumento con la intención de mostrar la distancia que le separa del partido que teóricamente le absorbe o le incorpora. Para eso utiliza la palabra. La palabra es un arma fundamental de la gestión política.