La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: ¿Han de resignarse los españoles a soportar una nueva ofensa colectiva?

Todo el mundo sabe que se prepara una general pitada contra el himno nacional de España y, de paso, contra el Rey Felipe VI en el partido final de la Copa del Rey de futbol, el 30 de mayo. La planean aficionados del Barcelona y del Athletic de Bilbao, que ya la han perpetrado en ocasiones anteriores y que ahora están defendiendo con diversos tipos de mensajes su derecho a repetirla. Y lo temen todos los demás, ciudadanos pasivos, muchos de los cuales se disponen a sufrir un agravio con la actitud rendida de quien ve venir un inevitable fenómeno atmosférico. ¿Pero han de resignarse los españoles a padecer esa nueva ofensa a su sentimiento nacional?

La cuestión es si existe realmente en un sistema democrático el derecho a reprobar planificada y públicamente un himno que representa a una nación, exigiendo que los ciudadanos aguanten estoicamente un insulto a su sentimiento patrio y además no reaccionen siquiera para que ese acto de afrenta sea evitado. Desde que se han clasificado el Barcelona y el Athletic de Bilbao para jugar la final de Copa, en los espacios deportivos se debate sobre este conflicto y se apuntan todo tipo de dictámenes: hay quien defiende la existencia de ese derecho y quien sostiene que no es admisible una ofensa concebida contra los que se ven representados por el himno y también por el Rey. Hace dos semanas y a consecuencia de los pitos al himno por aficionados del Barcelona en la final de la Copa de baloncesto, escribí aquí que tal rechazo equivale a una manifestación de opinión pero que la libertad de expresarse va acompañada de la obligación de responder de los posibles daños causados, en este caso el maltrato que sufren quienes sienten el himno como suyo.

Lo que se prevé que ocurrirá el 30 de mayo en el estadio de la final es efectivamente un acto que puede amparar la libertad de expresión pero es también una ofensa colectiva que mucha gente no quiere tener que soportar una vez más. El problema no puede tratarse ya como una manifestación espontánea sino como una actuación planeada que entraña un agravio a la inmensa mayoría de la población de España. Y eso debe llevar a los responsables de la organización del acto, el espectáculo de la final futbolística, a impedirla. ¿Cómo? Ellos sabrán o deberían saberlo pues es su deber. Quienes organizan un acto han de cuidar de su desarrollo, lo que implica evitar lo que pueda resultar insultante o despreciativo para otros. Es lo que ya se hace en los estadios de futbol con los gritos racistas o determinadas agresiones verbales despectivas.

La determinación de mantener el respeto a instituciones públicas y a sentimientos colectivos hizo reaccionar a Nicolas Sarkozy que, siendo presidente de Francia, anunció que se suspendería un partido de futbol en el que se repitiera una pitada al himno nacional francés. El hecho es muy conocido y se ha citado muchas veces porque es un ejemplo válido de una decisión acertada para actuar contra quienes no respetan normas elementales de convivencia. Aquí, la decisión de Sarkozy habría sido discutida, pero allí su resultado fue inmediato: nunca se volvió a abuchear La Marsellesa en un estadio. Si se avisara que los pitos al himno impedirían la celebración de la final, España recuperaría un síntoma perdido de normalidad.

No se puede dejar en este caso al margen la responsabilidad de los directivos de los equipos participantes, que no pueden desentenderse de la actuación de sus aficiones. Ellos tendrían que ser los primeros en advertir de las consecuencias que podrían acarrear las agresiones sonoras que se preparan. Claro que deberían empezar por replantearse honradamente su participación en una competición que lleva el nombre de un Rey al que maldicen en un país cuyos símbolos menosprecian. Y si sus aficiones persisten en sus exhibiciones de odio deberían retirarse de la competición, o ser retirados por los organizadores si ellos mantienen la hipócrita actitud de no darse por enterados.

Lo menos que se puede pedir a quien participa en una competición, como organizador, como actor o como espectador, es que sea coherente y respete las reglas del juego. Quedan algo más de dos meses y medio para trabajar en impedir una humillación a esa inmensa mayoría que ha soportado pacientemente los aquelarres antiespañoles. Y que no puede ser obligada a soportar un nuevo desprecio cuando se sabe que lo van a intentar.