La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Eufemismos. O sea, mentiras

Después de que ETA pregonara el cese “definitivo” de las armas (un decir, porque acaba de amenazar con “consecuencias negativas por negarse el Gobierno a negociar) , el universo etarra prosigue su ofensiva contra el Estado, que somos todos, con otros artefactos para obtener sus viejos objetivos, a los que no renuncia. Sus armas son la ficción, la apariencia, el disfraz (siempre lo han sido pero ahora con mayor énfasis), en una maniobra de comunicación que tergiversa la realidad, eufemismos que los convierten a ellos, los terroristas y sus amigos, en los buenos de la película y al Estado en la guarida de los malos.

El último comunicado de la banda es un prototipo, a la vez que una trampa para incautos, como cada discurso de la maquinación abertzale. Está lleno de adornos semánticos pero vacío de vocablos precisos: dice que sus presos están en la cárcel por su “amor a la patria” pero calla que son reos de asesinatos, estragos, extorsiones, etc., etc.; propone un “proceso popular participativo y democrático” pero omite que ETA ha perseguido y acosa a quienes no piensan como sus extremistas integrantes; asegura buscar “una paz justa pero oculta que sigue conservando las armas, que no guarda precisamente como quien colecciona sellos.

La tenacidad en calificar a los presos etarras como “políticos” forma parte de la estrategia de ficción. La figura del preso político anula el sistema de las libertades. Los abertzales hablan de presos políticos para acusar al Estado. Cumplió a la perfección su cometido Laura Mintegi, portavoz de EH Bildu, cuando calificó el asesinato de Fernando Buesa como una “muerte por causas políticas” que podría haber sido “evitable” si se hubiera “dialogado” sobre el “conflicto político”. Unas palabras que agraviaron a las víctimas del terrorismo y a cualquier persona de buena voluntad.

Las noticias que circulan sobre la incomodidad de Mintegi como imagen supuestamente templada del ámbito filoetarra no menguan la maldad del argumento, estratégico dispositivo para culpar a la democracia española. Si los presos son políticos, una decisión del Estado puede ponerlos en la calle. Este silogismo, válido para las dictaduras que castigan con la cárcel el pensamiento libre –Cuba, China y Corea, por citar solo tres modelos-, es el que adopta el socialista Jesús Eguiguren cuando afirma que es “un escándalo” que Arnaldo Otegui continúe en prisión. O sea, qué culpable es el Estado que no pone al ex portavoz de Batasuna en la calle.

La misma correa de transmisión desde la intelligentsia etarra es la que se percibe en Brian Currin cuando afirma que un “desafío inmediato” en Euskadi es “la restauración de la actividad política en libertad”. El abogado sudafricano, que negocia y ayuda a la izquierda abertzale, parece no haber entendido que el enemigo de la libertad en el País Vasco es ETA y que se precisa su final sin condiciones para que nada impida la libertad que garantiza y protege la Constitución de 1978. La presión de ETA sobre los medios de comunicación y los periodistas ha sido un proceso liberticida que algún día nos gustaría olvidar como una luctuosa pesadilla del pasado.

Los dos eufemismos más queridos por los abertzales son “proceso de paz” y “conflicto”. Son posiblemente los que más daño causan, con la ayuda que les prestan muchos que son ajenos a la estrategia etarra. (Viene a cuento aquí reconocer que la agilidad etarra para adornar con palabras el terrorismo ha obtenido éxitos innegables: se usa con frecuencia comando en vez de terroristas, hay quien dice muerte en lugar de asesinato, se ha hablado de la lucha del pueblo vasco cuando se trataba de actividad delictiva de unos cuantos, se ha llegado a ponderar la vida casi heroica de los “luchadores”…). Pero a lo que íbamos: “proceso” y conflicto”.

La expresión “proceso de paz”, adoptada en mal momento por Rodríguez Zapatero, eleva a la banda al nivel de todo un Estado y presume una gestión de intercambio de exigencias. El descontento de la banda con el silencio que ha tributado el actual Gobierno a sus negociadores quita fuerza al concepto, pero seguirá usándolo el universo etarra como una etiqueta que le prestigia. Igual que el término “conflicto”, que pretende neutralizar la idea de una parte que ataca -ETA a sus enemigos, que son todos los que no están con ella- y reintroducir la imagen de una contienda entre dos iguales, para acabar hablando de un “conflicto político no resuelto”.

El eufemismo pretende hacer presentable a la banda terrorista y facilitar sus planes. Llegados aquí, ¿no es lógico –lo más lógico- que el aparato judicial analice de una vez en serio las conexiones del sector abertzale con la banda, que sigue escondida, posiblemente complacida de cómo van ganando espacio y esquivando con éxito el peso de la ley? Además de otras pruebas que maneja el Ministerio del Interior, la estrategia eufemística realza las que existen de la continuidad ideológica del universo abertzale, en cuyo centro se halla Bildu, y de su negativa a condenar el terrorismo. ¿Hacen falta más?