La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Estamos a la intemperie

He recibido estos días un mensaje por correo electrónico que es un testimonio de la fragilidad de nuestra vida privada ante la pujanza de la tecnología. Una conocida firma de venta de ebooks me invita/apremia a comprar los títulos que yo he ido apartando en mi aparato electrónico para posibles próximas adquisiciones, cuando tenga tiempo de leerlos o necesite de ellos para lo que sea. Resulta que ese archivo figura en la librería o ésta tiene acceso a él, por lo que mis preferencias, mis curiosidades y mis aficiones bibliófilas, y todo lo que de ellas pueda resultar, han pasado a ser dominio de otras personas desconocidas para mí, que han entrado en un ámbito de mi intimidad sin que yo pudiera sospecharlo.

Es posible que la firma comercial defienda su intrusión alegando que lo que yo digo o hago en una página web suya son datos que forman parte de su conocimiento, pues se trata de información que yo facilito de manera espontánea y voluntaria. Ya. Pero no es admisible que esa página web pase a utilizar tales datos, de momento, que yo sepa, para incitarme a comprar o para, es un suponer razonable, informes sobre hábitos de lectura o para comerciar con ellos. Porque eso no entraba en mis propósitos. Los almacené para que me sirvieran a mí, no para que otros los aprovecharan. Si hubiera querido entregárselos, lo habría hecho, pero no los he archivado para ellos. Y yo soy el propietario de esos datos.

Añadiré, para que no quede duda, que me importa un pito que la librería que me vende ebooks descubra que me interesa la literatura inglesa, la historia del siglo XIX o la poesía de Quevedo. Lo que me importa de verdad es que alguien hurgue en mis anotaciones. Sí, ya sé que el derecho de esa empresa a husmear puede venir en un larguísimo contrato editado en un tipo de letra ilegible. Puedo admitir que todo sea legal y la culpa corresponda otra vez al consumidor. Lo que no admito es la invasión subrepticia –en cuanto que el contrato indescifrable es una forma de ocultación- de la intimidad. De momento, lo que ha logrado esa librería virtual es que vuelva a tomar notas con papel y lápiz como hago –y sobre todo hacía- al visitar librerías reales, donde el fisgoneo es al menos un hábito de mal gusto.

Éste es un episodio pequeño, pero una anécdota de la vida cotidiana de millones de personas; su importancia está precisamente en que sea tan habitual hoy como el respirar. Significa que Internet ha abierto las puertas de nuestras casas y, de pronto, hemos perdido anchas parcelas de privacidad. Internet es una maquinaria utilísima para muchísimas cosas. Pero al tiempo que nos permite comunicarnos instantáneamente, consultar archivos y repertorios inaccesibles antes, seguir la actualidad al segundo o leer un periódico de cualquier país desde el momento que se edita, ver televisión, escuchar radio o música de todo tipo, al tiempo que nos facilita todo eso y más, nos roba intimidad. Es como si quisiera cobrarse con la merma de ese derecho de la persona el servicio que nos ofrece.

Si pasamos a mayores en esta radical mutación de nuestra estabilidad, que sucede inexorable pero lentamente sin que nos demos cuenta, este verano hemos tenido constancia de la invasión masiva, políticamente ordenada y jurídicamente asentida (las leyes contra el terrorismo que nos restan libertad y mucho más), de la intimidad de millones de personas, vigiladas tecnológicamente por agencias de los Gobiernos de Estados Unidos y de Gran Bretaña. Las revelaciones de un espía americano, ex técnico de la NSA, Edward Snowden, nos alertan de esa invasión, que lamentablemente tenemos que sospechar que realizan también otros Gobiernos.

Hemos de ser conscientes de que Internet y las comunicaciones hoy no son seguras, aunque de poco vale tal certidumbre. Cualquiera puede conocer lo que escribimos, lo que recibimos, lo que consultamos, y confeccionar con ello una pauta de nuestro comportamiento. Si a eso se añade el control organizado, o sea el espionaje, sobre las conversaciones telefónicas, estamos ante una violación regularizada, constante e interesada de nuestra intimidad. Ante la vigilancia que padecemos, es lógico temer que quede en palabras más que en hechos ese derecho humano, que en nuestra Constitución se conceptúa de fundamental, que llamamos derecho a la intimidad. Porque, en la realidad de cada día, estamos a la intemperie.

El derecho a la intimidad sufre con cierta frecuencia lesión por medios de comunicación que no respetan su carácter de límite a la información, límite no estable y condicionado al interés público de los hechos que pertenecen a su esfera. Pero estos daños son a veces agua de borrajas ante el atropello sistemático que causa el rastreo que facilita la red y posibilita la comunicación inalámbrica. Ya no tiene sentido la broma de saludar al espía como cuando cuarenta años atrás manteníamos una conversación telefónica sobre asuntos políticos que, aún así, tratábamos con abundancia de eufemismos. Hoy tendríamos que saludar a un equipo y no sé si incluso a una legión de espías. Y, aunque nos acostumbremos a esta anormalidad, la verdad es que no tiene ninguna gracia.