La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: ¿Es lo mismo pitar a Casillas que el himno nacional?

Algunos comunicantes me han comentado por escrito y de palabra, a propósito de la última entrada de este blog, que no observan diferencia entre dar una pitada a Iker Casillas, portero del Real Madrid, y dársela al himno nacional, desde el punto de vista de la legitimidad. Ambas son formas de libertad de expresión y por lo tanto, argumentan, si son admitidos los pitos a uno también deben serlo los pitos al otro.

Ambas pitadas son un modo de ejercer la libertad de expresión, sin duda, pero una tiene justificación como ejercicio de un derecho personal acerca de alguien que se expone profesional y voluntariamente a la crítica ajena, mientras que la segunda, por el contrario, encierra un mensaje ofensivo contra quienes no tienen obligación alguna de soportar una agresión a un símbolo de su identidad personal y colectiva.

La pitada a Casillas es un modo de manifestar descontento con su actuación pública, que está sometida al escrutinio de los espectadores; podrá desagradarle, como la reprobación de una película o de un libro puede incomodar a sus autores, productores y editores, pero ese es el riesgo al que se exponen quienes actúan cara al público. Es el precio que tienen que pagar, por ejemplo, los políticos y lo vemos a diario: el aplauso y el reproche de unos y de otros les acompañan mientras ejerzan su función.

La pitada al himno nacional es algo diferente. Significa manifestar un sentimiento personal, sí, pero al mismo tiempo se convierte en un rechazo al un símbolo querido por la gente que forma una nación, en nuestro caso los millones de ciudadanos que se sienten españoles y que en su propio país no tienen el deber de someterse a aprobación o condena de otros por ese rasgo personal. En este caso, la repulsa al himno se transforma en una ofensa que dudosamente puede estar amparada, como cualquier tipo de insulto gratuito, por el derecho a la libertad de expresión.

Volvamos la oración por pasiva y supongamos una pitada a Els Segadors por los españoles que han soportado la contestación de sus compatriotas al himno nacional. La minoría catalana que no quieren ser española y que pita la Marcha Real, nombre del himno nacional español, y además el resto de los catalanes, se sentirían ofendidos con la pitada al himno de Cataluña, así definido en el artículo 8 del Estatut. La misma ofensa sufrirían los vascos que escucharan pitos a la interpretación del Euzko Abendaren Ereserkia, himno oficial de Euskadi.

No se trata de invocar una ley para rechazar una protesta contra el himno. No hay ley en España que la sancione. Se trata de un asunto de convivencia, en la que el respeto a los demás debe ser norma de conducta. Por eso, la pitada que aficionados del Barcelona y del Athletic de Bilbao preparan al himno nacional, en el prólogo a la final de la Copa del Rey de fútbol el sábado día 30, no puede conllevar la suspensión del partido, pero es un agravio injusto y doloroso a una inmensa mayoría de conciudadanos de los agresores.

Vivimos en un país “peculiar”, en el que se producen sucesos que los nacionales de otros países no acaban de entender. A esa confusión contribuyen algunos políticos que pasan por ser más o menos razonables pero que acaban comportándose como los que no distinguen un saludo de una trampa. El Correo ha preguntado a tres ex lehendakaris sobre los proyectados pitos al himno nacional y el resultado ha sido el reflejo de esa “peculiaridad” española . Sólo Patxi López los rechaza sin rodeos: “Nunca he entendido que la afirmación de los sentimientos propios se haga a costa de denigrar los ajenos. No es una cuestión de libertad: es una cuestión de respeto, de tolerancia y de educación democrática”. José Antonio Ardanza navega entre la corrección y la divagación: “Teniendo en cuenta las circunstancias que concurren en esta final de Copa y los debates planteados, como sugerencia o reflexión diría que, en coherencia con la Constitución española que reconoce que España está integrada por nacionalidades y regiones, y dado que en ese evento van a concurrir el jefe de Estado -el Rey- y los dos presidentes de las dos nacionalidades históricas de mayor conciencia identitaria, con historia, cultura, lengua y símbolos propios -bandera e himno-, plantearía como un gesto político de concordia, normalización, entendimiento y buena voluntad, que pudieran escucharse los tres himnos”. Pero Íñigo Urkullu, el actual presidente del Gobierno autonómico vasco, huye del compromiso y tras recordar que fue futbolista y lo bueno que es tener a la afición detrás, concluye: “Mi deseo es que el único sentimiento en la final esté expresado en el grito de ‘Aupa Athletic, eup! ‘”.

Viendo cómo enfrenta el problema la máxima autoridad autonómica de Euskadi, y sabiendo que la de Cataluña es la promotora de la locura política independentista, cabe esperar que el día 30 no solo no se escuche con respeto el himno nacional sino que sea ocultada su interpretación por una pitada atronadora mientras los presidentes autonómicos de Cataluña y Euskadi permanecen flanqueando al Rey con caras de circunstancias, gozando acaso del espectáculo. Pero aun previendo el agravio, es lícito exigir a las directivas del Barça y del Atlhetic que pidan a sus aficionados que se comporten con respeto, tolerancia y educación democrática, por decirlo en palabras de Patxi López. También es justo demandárselo a la Federación Española de Fútbol, que en esto como en muchos otros asuntos importantes guarda un infundado y culpable silencio… aunque estas apelaciones al sentido común equivalgan hoy a la insensatez de pedir peras al olmo.