La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: El liderazgo que ha faltado

Por fin, Mariano Rajoy ha caído en la cuenta de que el Gobierno necesita una coordinación de esfuerzos y un liderazgo en comunicacion, y ha encargado la gestión del caso del contagio de ébola a Soraya Sáenz de Santamaría. La vicepresidenta es más que un portavoz porque tiene el encargo de dirigir la política gubernamental al frente de un nutrido equipo, y una de las primeras medidas que ha tomado ha sido encomendar la función ordinaria de portavocía a los técnicos. Es lo que ha empezado a hacer el director del Centro de Alertas del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón, un técnico que ofrece seguridades y no titubeos, y cuyas primeras declaraciones llevan la firma del experto y no la evanescencia del político.

Mariano Rajoy ha sido hasta ahora más un político encerrado en un despacho que saliendo al encuentro de las cámaras, los redactores y la gente. Una versión no es mejor ni peor que otra. Un político tiene que trabajar en la sala de máquinas y también cara al exterior. Adolfo Suárez, a pesar de su encanto personal, se encontraba más cómodo fuera de foco y aun en soledad. Rodríguez Zapatero, en las antípodas, vendía su sillón por una imagen. El que mejor supo combinar ambas facetas fue Felipe González, que se trabajaba el despacho y encandilaba a las masas.

A Rajoy le ha costado salir del despacho, posiblemente porque tuvo que hacer frente con urgencia y angustia a los graves problemas que encontró en el Gobierno cuando pudo comprobar que la crisis económica era muchísimo peor de lo que le decía su antecesor. Pero no ha apreciado lo suficiente el valor de la comunicación como una herramienta de la gestión política. Si no, a los pocos días de entrar en el despacho de La Moncloa habría salido de él para ponerse ante las cámaras de televisión y describir el durísimo panorama. En cambio, lo primero que hizo fue subir los impuestos que había prometido bajar sin dar una sola explicación, que la tenía al alcance de la mano, y ahí empezósu calvario con la opinión pública.

No hay que menospreciar la razón que dio hace poco la vicepresidenta acerca del silencio sobre las razones de ese primer incumplimiento del programa: revelar el estado dramático de las cuentas públicas podía provocar el rescate inmediato por la Unión Europea que el Gobierno estaba decidido a evitar, y que finalmente evitó. Pero, en todo caso, queda a salvo la necesidad de una politica de comunicación clara, veraz, frecuente, hábil y sobre todo en el momento oportuno, que en este caso habría ahorrado incomprensiones y malestares a la opinión pública y deserciones de votantes al partido del Gobierno.

La política de comunicación no se ha tenido en la explosión de la crisis del ébola, carencia que ha contribuido a la extensión de incógnitas y miedos, y que ha llenado las redes sociales de bulos, injurias y despropósitos. Bueno, las redes sociales habrían funcionado como sentinas incluso con una buena comunicación política, que eso es otro tema, de momento irresoluble, pero la opinión pública habría sabido a qué atenerse y habría podido sentirse un poco más segura, objetivos que no lograron ni la ministra de Sanidad, Ana Mato, ni el consejero de Sanidad de Madrid, Javier Rodríguez, una por defectos y otro por excesos en la comunicación.

La comunicación institucional no siempre da réditos inmediatos. En cambio, puede causar desastres si se realiza mal o, sobre todo, si es inexistente. Esto lo saben los políticos y, siendo asunto del que todos están convencidos, es incomprensible que cometan tantos errores encargando la gestión de portavocías a quienes no están dotados para ello o no encargándoselas a nadie. Sáenz de Santamaría conoce los secretos de la labor de comunicación, en la que viene desenvolviéndose desde hace casi tres años al frente de las ruedas de prensa de los viernes. Tiene capacidad para la polémica y la réplica, que demuestra desde hace más años en el Congreso en las sesiones de control, primero en la oposición y luego en el Gobierno. Es competente para informar y para responder a los periodistas. Y para organizar la difusión de información técnica que ha empezado a suministrarse.

Es una apuesta segura de Rajoy, cuyo problema con la comunicación causa perplejidad. Rajoy se maneja muy bien en el debate parlamentario, que requiere las condiciones de un buen comunicador, y es hábil en la exposición de sus discursos. Pero esas cualidades no las emplea en ofrecer información con la frecuencia que los problemas le exigen. El viernes acudió de improviso al hospital Carlos III y habló después de la visita. Y el domingo ofreció datos y comentarios a los periodistas. Todo eso estuvo bien, pero mejor habría estado antes no varios días después de que estallara la crisis, su Gobierno cometiera errores evitables y en la opinión pública hubiera cundido la alarma y la sospecha.