La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: El caudillo y la ceguera

No hay que extrañarse de los llantos que el venezolano medio vierte por Hugo Chávez en medio de la pasión popular provocada por una impetuosa propaganda sentimental. Así, a un caudillo se le llora después de su agonía. Hace 37 años, decenas de miles de españoles desfilaban ante el cadáver de Francisco Franco tras aguardar durante horas en una cola bien nutrida de cientos de metros de longitud. Sólo un año y un mes después, los españoles aplaudían (94 % de síes en referéndum) la ley que cancelaba el franquismo y abría la puerta a la democracia. A un caudillo se le llora y, si hay posibilidad de decidir en libertad, se le olvida. Si los venezolanos gozaran de la libertad que se les ha negado, los herederos de Chávez se iban a enterar de lo que vale un voto.

libertad-de-expresion-chavezSí hay razones para alarmarse, en cambio, de la ceguera con que muchos han juzgado el mandato de Chávez sobre el país potencialmente más rico  de Latinoamérica, que deja sumido en unos niveles impropios de pobreza después de 13 años de gestión en los que prometió y presumió de progreso y bienestar. Se trata de una ceguera ideológica, una turbación que hace el efecto de una niebla que altera los contornos de la realidad. Porque otra razón no hay para explicarse la alucinación de gente que se supone informada.

Quien ha seguido atentamente el desarrollo de la enfermedad del caudillo bolivariano, desde las primeras noticias de su indisposición hace catorce o quince meses hasta la psicosis de masas urgida tras su fallecimiento, ha podido leer algunos textos y escuchar algunas oratorias que laudaban la gestión chavista como un éxito indiscutible. Es verdad que Chavez llegó al poder tras el desastre de varios gobiernos supuestamente liberales, pero el resultado de su tarea está lleno de puntos negros que no se pueden ignorar ni ocultar, y menos cuando el caudillo y sus adeptos presumen de comportamientos legítimos y democráticos.

Porque, vamos a ver: cómo se puede celebrar la actividad económica de Venezuela cuando tiene que importar casi todo; cómo se puede considerar un éxito las nacionalizaciones que han desmantelado la industria propia; cómo se puede justificar que el 95 % de sus exportaciones gire en torno al petróleo; cómo se puede admitir que el maná del petróleo no haya sacado a la nación de la pobreza; cómo se puede elogiar el sistema sanitario cuando su jefe máximo se va fuera del país a encontrar solución a sus problemas de salud; cómo se puede encubrir la inflación galopante que maltrata sobre todo a las clases más necesitadas; cómo se puede aceptar sin un reproche la cadena interminable de mentiras con que el régimen ha ocultado y desfigurado la enfermedad de Chaves, cuya gravedad se conocía en cualquier país occidental y no en la propia Venezuela…

Y, sobre todo, cómo desde territorios periodísticos se puede aplicar paños calientes a las agresiones chavistas a las libertades de información y de expresión. Cualquiera de los atentados más leves dirigidos contra periodistas y medios de comunicación habrían motivado en España la lógica e indignada protesta, además de un aluvión de reproches al Gobierno de turno por la quiebra del respeto al derecho fundamental a la información. No es de recibo, por ejemplo, señalar lagunas de la ley de Transparencia que elabora el Congreso aquí y recuperar al mismo tiempo la ceguera sobre la absoluta falta de transparencia de la gestión de Chaves y quienes le han acompañado, que además violan su propia Constitución, en medio de tantos silencios cómplices, para seguir ocupando el poder.

La Venezuela de Chávez no respeta la libertad de expresión, que allí muestra su fragilidad a diario a manos de un poder político invasivo y despótico. Mientras se presume de libertad de crítica, los ataques físicos y acosos a periodistas son frecuentes, así como las agresiones y los cierres de radios y televisiones. El Gobierno ha incrementado los medios públicos y ha cerrado el paso al espacio TDT a cadenas independientes, como Globovisión, a la que impuso en 2011 una multa de 2,16 millones de dólares por informar de un motín de presos.

Los informes de todos los observadores coinciden en subrayar la falta de libertad de comunicación cada vez más acusada desde que Chávez llegó al poder. Freedom House  cataloga a Venezuela como país “not free” en el capítulo de Prensa y como “partly free” en la esfera de Internet. Reporteros Sin Frontera la sitúa en el puesto 117 entre 179 analizados, condena “la estigmatización de los periodistas según el medio al que pertenecen” y denuncia que “el Estado ha convertido las críticas al poder en ‘insultos al pueblo’ y además utiliza los medios públicos abusivamente en la guerra mediática”. Human Rights Watch explica en un informe titulado “El legado autoritario de Chávez”, que “incrementó radicalmente su capacidad de controlar el contenido de los medios de radio, televisión y prensa” y “sancionó leyes que ampliaron y endurecieron las penas previstas para quienes emitan declaraciones que ‘ofendan’ a funcionarios públicos, prohíben la difusión de mensajes que ‘fomenten la zozobra en la ciudadanía’ y permiten que el gobierno suspenda arbitrariamente canales de televisión, estaciones de radio y sitios web”. Y el Comité para la Protección de los Periodistas  insiste en que “continuó su sistemática campaña contra la prensa crítica mediante iniciativas legales, amenazas y medidas regulatorias, a la vez que inundaba las ondas radioeléctricas mediante su imperio de medios estatales”.

Éstas son solo algunas gotas de una torrentera de denuncias a los métodos arbitrarios de Chávez, que han hecho de Venezuela un reducto peligroso para los derechos humanos, en el que además la gestión política no se ha ocupado de promover el trabajo y la iniciativa, ni de aprovechar en beneficio de todos los ciudadanos las enormes fuentes de riqueza que posee. Y pese a tan resonantes abusos y fracasos, ante el caudillo bolivariano algunos prefieren cerrar los ojos o mirar para otro lado.