La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: El anonimato en Internet

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha fallado que los titulares de un medio digital son responsables de los mensajes difamatorios de sus lectores a los que dan difusión, especialmente cuando se trata de comentarios firmados con seudónimo no identificable, es decir, de autor anónimo. Ha resuelto así un recurso de Delfi, un sitio en internet que había sido ya condenado por los tribunales de su país, Estonia, que habían sentenciado que los atentados al honor de las personas no pueden quedar impunes y de ellos debe responder el medio si no se puede localizar e identificar a sus autores.

censura en twitter   Este fallo del Tribunal de Estrasburgo es conforme al estatuto de la libertad de expresión, que dispone unos límites basados en la protección de los derechos personales, especialmente el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen, tal como está previsto en el Convenio de derechos Humanos y que la legislación de los países de la Unión Europea han trasladado a su propia legislación. Esta sentencia, nada polémica, llega a renglón seguido de la que ha echado abajo la doctrina Parot, que está siendo, por el contrario, especialmente polémica en España por sus consecuencias negativas para la lucha penal contra el terrorismo.

En el caso Delfi, los jueces de Estrasburgo no han hecho más que aplicar la protección de los derechos de la personalidad. De las transgresiones son responsables sus autores, pero cuando éstos no constan han de serlo los titulares del medio. Se trata de un límite a la libertad de expresión, sin duda alguna, y con ello argumentó Delfi ante el Tribunal Europeo, pero es un límite necesario que tiene un “objetivo legítimo”, dice el propio Tribunal, porque los derechos humanos no pueden ser lesionados gratuitamente. Y unos insultos son agresiones injustificadas al derecho al honor.

Este episodio, resuelto con la aplicación de una norma de conducta sensata que todo el mundo puede entender, invita a considerar lo que ocurre en otros territorios de internet donde con frecuencia se difunden insultos, ofensas, amenazas, difamaciones en cualquiera de sus formas contra personas que tienen muy difícil o imposible su defensa. Así ocurre en redes sociales como Twitter o Facebook, donde ciertos participantes producen mensajes ofensivos bajo el amparo del anonimato. Personas que se han visto atacadas de forma reiterada no han tenido otra forma de respuesta que cerrar sus cuentas y dar la espalda a las redes sociales desde entonces.

Una de las normas elementales de la comunicación desde siempre es la identificación de los autores. Algunos emplean seudónimos, pero quienes se esconden bajo ellos deben ser conocidos por los responsables de los medios que acogen sus mensajes y son en todo caso identificables. No es de recibo difundir mensajes anónimos. En los medios serios de internet, los lectores que responden a los artículos publicados son acogidos después de haber cubierto un trámite de registro identificatorio y aunque su comentario aparezca firmado por un nombre fingido el medio sabe quién se halla detrás. En esos medios serios también se rechazan los mensajes ofensivos, injuriosos o calumniosos, además de otros de mal gusto, ineducados o groseros.

Si en un periódico impreso no caben mensajes que insulten y ofendan gratuitamente, y menos bajo el abrigo del anonimato, tampoco han de encontrar hueco en internet. Es una esencial regla de juego que ha de prevalecer en el ancho y vertiginoso espacio de comunicación que han hecho posible las nuevas tecnologías, y que debe evitar que otros lo conviertan en un almacén de insidias.