La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: El aborto y la vida

El debate público sobre el aborto se ha situado en un plano distinto al del anteproyecto de ley orgánica que ha elaborado el Gobierno de Mariano Rajoy. No se discute su contenido sino que una parte de la opinión divulga consignas, acuña eslóganes y reparte etiquetas sobre los autores de la norma y quienes les apoyan. De esta manera, la comunicación sobre el enorme asunto del aborto oculta la verdadera dimensión de lo que es un drama en torno a la vida de un ser humano. Un debate sincero sobre el aborto consiste en analizar si existe motivo para interrumpir una vida, y cuándo, pero eso no se hace sino que se sustituye por un embate ideológico y vejatorio.

El sector abortista de nuestra sociedad ya ha sentenciado que el proyecto de ley es de ultraderecha y que supone un ataque a la mujer, entre otras lindezas derivadas de dos de sus reiterados axiomas. El primer dicterio responde al veredicto de que la defensa del aborto libre es señal de progresismo. El segundo es la consecuencia de considerar a la mujer dueña de un derecho absoluto a disponer autónomamente de la vida engendrada en su seno. Pero estos dos mensajes no encuentran un aval suficiente en cuanto son examinados con un poco de serenidad y dejan así de ser columnas firmes para sostener una convicción.

El progresismo, que no es exclusiva de la izquierda, se ha opuesto a los grandes ataques a la libertad y a la vida. Ha rechazado la esclavitud, ha luchado contra la segregación, ha condenado la pena de muerte. Pero de pronto un determinado progresismo, especialmente el que ha sido secuestrado por la izquierda, ha claudicado ante el aborto, al que ha elegido como una bandera innegociable, de tal manera que trabaja denodadamente para convencer a la opinión pública de que lo más progresista hoy es disponer sin límites de una vida ajena, hasta el punto de acuñar como derecho el aborto libre por voluntad de la futura madre que deja así de serlo.

Hace ya más de un cuarto de siglo, Miguel Delibes escribió un luminoso y aún actual artículo sobre la insólita deriva del progresismo hacia el aborto, que harían bien en leer hoy los nuevos afiliados a un movimiento que ha perdido parte de sus valores originales. Decía el escritor que para los progresistas que “siguen acatando los viejos principios”, o sea, que “defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia”, “la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado”. (Incluí esta pieza entre las más importantes del siglo XX en mi libro Un siglo en 100 artículos, La Esfera, 2002, y también se puede encontrar en la hemeroteca en red que mantiene el diario que lo publicó, ABC, el 14 de diciembre de 1986).

El derecho que se atribuye a la mujer para disponer sobre la vida de un nuevo ser no puede conceptuarse como absoluto. Es una anormalidad entender que el aborto es un derecho, como hace la ley de plazos vigente de Rodríguez Zapatero. El ejercicio de un derecho no puede entrañar siempre un mal inevitable para otro. No hay derechos absolutos, ningún derecho humano lo es y si hay alguno que se aproxima a ese status es precisamente el de la vida. Por eso, cuando se regula el aborto pensando en el nasciturus no se está atacando a la mujer sino tratando de proteger el bien más apreciable, y que todos estamos obligados a respetar, que es la vida.

El anteproyecto preparado por el ministro Ruiz Gallardón tiene un título que apunta a la defensa de un ser tantas veces indefenso, la cual se pone en relación con los derechos de la mujer: “ley orgánica para la protección de la vida del concebido y de los derechos de la mujer embarazada”. Pero sus siete artículos en un texto que ocupa 25 folios () no han tenido la suerte de ser analizados ante la opinión pública, a la que por el contrario se presiona con argumentos marginales o ajenos que se pretende hacer definitivos. La ley es, de momento, víctima de una campaña de opinión pública a la que se intenta conducir para que la desprecie sin oportunidad de entrar en su contenido.

Es evidente que el Gobierno ha querido adelantarse a tal manejo de la comunicación señalando que se trata de “la protección” adecuada del concebido y de la embarazada. Pero hasta el momento ha tenido muy escaso éxito ante la insistencia de los mensajes de los abortistas porque la respuesta del Partido Popular, sus dirigentes y sus militantes, que se toman la batalla con inefable calma, es muy débil, al tiempo que Gallardón parece más solo que acompañado. El PP sabrá lo que hace, es un suponer, pero las batallas de opinión pública –y ésta es una de ellas clarísima, decisiva- se juegan desde el minuto uno o con toda probabilidad se pierden.