La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Desproporción informativa

Las manifestaciones de repudio tras los asesinatos cometidos en Francia por terroristas islamistas se han celebrado con la profusión del slogan Yo soy Charlie, que evoca el atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo y que pretende defender la libertad de expresión, un valor básico de la sociedad democrática. Sin embargo, entre las víctimas de esta ola terrorista hubo también cuatro judíos, que fueron homenajeados en Israel pero cuyo sacrificio ha pasado casi de puntillas por los espacios informativos del resto del mundo. El oportuno Yo soy Charlie ha eclipsado el también pertinente Yo soy judío, que algunos portaban en las manifestaciones y sobre todo en las comunidades hebreas. La desproporción informativa a favor de los primeros ha respondido a la desigualdad real de la respuesta popular. Nada que objetar a los medios, pues. Pero hay otras desproporciones que no tienen fundamento, como una que hemos podido observar esta semana.

Conviene fijarse en ella porque nos habla de incongruencias en la siempre delicada tarea de valorar las informaciones que han de efectuar los medios. Esta semana, la auxiliar de enfermería Teresa Romero, protagonista mediática tras resultar infectada en Madrid por el virus del ébola, confesó en sede judicial que no había comunicado a su doctora de asistencia primaria, cuando acudió a ella al sentirse indispuesta, el detalle fundamental de que estuvo cuidando a un paciente afectado por esa grave enfermedad contagiosa. Con esa declaración, Romero rectificaba lo que había sostenido desde un principio en el largo episodio de su enfermedad que tuvo en alerta a los medios de comunicación. Pero esta rectificación, clave en el caso, ha ocupado estos días espacios mínimos en muchos medios y ni siquiera ha alcanzado en algunos la primera página que antes presentaron inundada de especulaciones y reacciones en torno a la misma circunstancia, dando en aquel momento por buenas sin duda las palabras de la enferma.

El hecho de que la auxiliar no hubiera comunicado a su doctora su relación con la enfermedad, lo que fue revelado por la propia doctora, y que además hubiera seguido manteniendo contactos con otras personas, por ejemplo en una peluquería, motivó algunas reacciones que una buena parte de los medios dio por inadecuadas. La más notoria fue la del entonces consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Javier Rodríguez, a quien la afirmación de que Romero “pudo haber mentido” le costó recibir numerosas invectivas y al final la destitución. La confesión de la mentira demuestra ahora que el consejero disponía de información correcta y estaba en lo cierto. Es posible que las declaraciones del consejero adolecieran de tacto o de oportunidad en un clima de máxima sensibilidad social en torno al delicado estado de salud de la auxiliar de enfermería, pero el consejero decía la verdad y eso no se ha reconocido por todos.

Algunos medios han considerado que la confirmación de la mentira no merecía un tratamiento análogo al que prestaron a la versión inicial de la protagonista ni un espacio similar al que destinaron a las inculpaciones mediáticas al consejero. He ahí la desproporción. La constatación de la mentira resuelve el caso pero ya no importa demasiado. Es como si al final de una novela de misterio el desenlace ocupara una nota a pie de página. El lector se sentiría lógicamente frustrado, como en realidad se han sentido ahora muchos. Tenemos un indicio en los comentarios que la noticia ha provocado en internet, muchos de ellos sorprendida o despiadadamente críticos con Romero, y que evidencian que ha habido medios que no han estado a la altura de las circunstancias. O sea, que no han aplicado la proporcionalidad que la importancia y la significación de los hechos demandan.