La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Arrogantes y sabiondos

Hay una historia del periodismo que no se ha escrito. Historia negra, protagonizada por quienes construyeron crónicas sobre acontecimientos imaginarios, por quienes no viajaron a donde decían estar, por quienes entrevistaron a personas con las que nunca hablaron, por quienes diseñaron la actualidad de acuerdo a sus personales obsesiones, por quienes presentaron como propios relatos ajenos, por quienes hablaron de lo que no conocían. El periodismo, que saca los colores a todos los que pone o se ponen en la diana, muchas veces con razón, otras no tanto, suele esquivar las ocasiones para una autocrítica necesaria.

Gay Talese ha redactado páginas memorables sobre sus tiempos de periodista en el ambiente impropio en el que se fabricaban las noticias. “Tapábamos todas nuestras carencias éticas y morales diciéndonos que éramos los protectores del interés público”, ha escrito. Periodistas de Estados Unidos han sido más críticos con su oficio que los de otros países. De allí provienen las grandes confesiones de los más vergonzosos delitos periodísticos, como la que hizo The New York Times cuando denunció los plagios de su redactor Jayson Blair, o la de The Washington Post cuando expulsó a su redactora Janet Cooke después de ganar un Pulitzer con el reportaje de un hecho inexistente. En España no hemos sido tan estrictos.

Uno de los capítulos del libro negro del periodismo tendría que estar dedicado a columnistas y tertulianos sabiondos y arrogantes, dos especímenes que han proliferado tanto que amenazan con redefinir la especie. El primero de ellos es el de quienes saben todo de todo y están prestos a explicar hasta el acontecimiento que acaba de ocurrir. Recuerdo como una prueba irrefutable de la estupidez humana los comentarios que se vertieron por algunos sobre las causas de la tragedia ferroviaria de Angrois a los pocos minutos de producirse. Los ingenieros necesitaron semanas y meses de estudios pero a algunos tertulianos les bastaron unos minutos. Me parece jocosa la seguridad con que los sabelotodo aseguran haber frecuentado al último fallecido célebre, quien negaría tener tales amistades si resucitara de pronto, y la contundencia con que afirman haber leído al último escritor premiado, cosa que proclaman con la ventaja de no tener que demostrarla porque en las tertulias no hay tiempo para averiguaciones.

El segundo grupo está integrado por los que en todo momento saben lo que hay que hacer y cómo. “Lo que fulano de tal tiene que hacer es…” resulta uno de sus latiguillos introductorios, que aplican lo mismo a un presidente del Gobierno, a un líder de la oposición, a un ministro, a un directivo de banco, a un gerente de empresa o, ya en el campo de la actualidad deportiva, a un entrenador de fútbol. Hay columnistas y tertulianos que construyen sus piezas sólo en modo imperativo, lo cual implica una seguridad personal imperturbable en disponer de soluciones para todo. Han sustituido el análisis, que es un género periodístico de aportación de datos, por la imposición y han postergado la moderación intelectual, que distingue al inteligente, por la exigencia a los otros.

De un columnista y de un tertuliano que analiza se obtienen enseñanzas. Los arrogantes que se exhiben en posesión de la certeza contribuyen al espectáculo de la frivolidad, hacen reír a veces, porque la pedantería es grotesca, y no son útiles más que para entender el nivel de insensatez que puede alcanzar el ser humano. El público conoce ejemplos abundantes de sabiondez y arrogancia. Algunas televisiones los ofrecen todos los días, esos rostros parlantes que hablan desde un pedestal de supuesto conocimiento y dictan normas para las conductas ajenas. La televisión requiere porfía, espectáculo y polémica, tres recetas que conspiran contra el razonamiento. En la pantalla se ve muchas veces no el ejercicio de la razón sino la impertinencia y el engreimiento. Y por desgracia, ese estilo insolente que nos adoctrina (con frecuencia, por cierto, desde guiones de partido) se ha trasladado al análisis del periódico, cada vez menos sometido a su tradición de ponderación y seriedad.

Por supuesto, cualquier perorata encuentra amparo en el derecho a la libertad de expresión. Pero la libertad de expresión no justifica al sabiondo ni al arrogante, ni obliga a lectores, oyentes y telespectadores a aguantar sus latazos. Ni es, por supuesto, una atenuante de la lesión que causan al periodismo, que está marginando ese principal deber de su conducta profesional que es el servicio a los ciudadanos y perdiendo con ello prestigio a chorros.