La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: Al borde del k.o.

Coincido con dos colegas de El Mundo de papel que han discrepado de la opinión del periódico sobre el pleno en que se sometía a juicio a Mariano Rajoy por las acusaciones del ex tesorero Luis Bárcenas. Esto de circular por fuera de la línea editorial es un síntoma de libertad interna, necesaria para el desempeño profesional aunque no muy frecuente en nuestro oficio, en el que abunda quien reclama libertad de expresión y somete a los demás a sus particulares opiniones. No es extraño que existan muchos más casos de camaleonismo que de esfuerzo por la independencia personal. La autonomía no siempre genera buenos réditos.

A los aplausos a la intervención de Rajoy que dedican Arcadi Espada (“una obra maestra”, edición del día 3, p. 18) y Fernando Sánchez Dragó (“espléndido discurso”, día 4, p. 20) añado a modo de reseña deportiva: la anunciada víctima dejó al borde del k.o. a quien se daba por seguro ganador. La sesión parlamentaria se presentaba como un combate con final escrito, en el que la izquierda iba a asestar un hachazo casi definitivo al presidente del Gobierno, cuyos hooligans (se decía, aunque yo no lo sé) tenían más miedo a la lluvia de golpes que el propio contendiente. Pero ocurrió justamente lo contrario.

La exposición de Rajoy contuvo lo esencial de una comunicación en el momento del acoso: reconocimiento de errores (“me equivoqué, lo lamento, al mantener la confianza en alguien que ahora sabemos que no la merecía”, “cometí el error de creer a un falso inocente”), afirmación de gestiones positivas (“pero no cometí el delito de encubrir a un presunto culpable”), negación de las denuncias (“son falsas sus acusaciones, sus medias verdades y las interpretaciones de la media docena de verdades que emplea como cobertura de sus falsedades”, “en el PP ni se ha llevado doble contabilidad ni se oculta ningún delito”, “yo siempre he declarado todos mis ingresos”), denuncia de un imposible (demostrar que no se ha hecho algo, “la carga de la prueba corresponde a quien acusa”), crítica desde la lógica al clima creado (“al PSOE no le interesan mis explicaciones, sino que venga a la Cámara a dimitir”, se aplica la presunción de veracidad a quien acusa y la presunción de culpabilidad al acusado), ofensiva contra su principal denunciante (“usted jamás compareció en esta Cámara para explicar el caso Faisán”, que el PP y otros grupos le solicitaron más de 40 veces) y firmeza para no ceder (“ni voy a dimitir ni voy a convocar elecciones legislativas”).

Ese mensaje global lo acompañó con energía gestual y sin titubeos para sorpresa de quienes sostenían en las horas previas que aparecería apagado y medroso, próximo al abatimiento. El primer sorprendido debió de ser Alfredo Pérez Rubalcaba, a quien asestó cinco o seis crochets a la mandíbula que le hicieron tambalear. El líder socialista se presentaba al combate exhibiendo la convicción de que la presa no se le escaparía, aleccionado por el resto de la izquierda y la mayoría mediática que le apuntala.

Sin embargo, Rubalcaba hizo una de las peores faenas que se le recuerdan. Además de la soberbia de dar por derrotado a su oponente, cometió un error de estrategia, al plantear la amenaza de una moción de censura extravagante (era él quien se examinaría en el Parlamento en un trámite al que podría ni acudir el presidente del Gobierno si quisiera), una temeridad, al dar por confirmado que Rajoy ha mentido, una pifia jurídica, al despreciar el principio de la presunción de inocencia, y una torpeza, al actuar como el albacea de las denuncias no demostradas de Bárcenas.

Para derrotarlo, el líder popular tuvo a su favor la quiebra de credibilidad de Rubalcaba en su partido, donde es discutido y se le desobedece, y en la sociedad, pues el PSOE sigue perdiendo votos a pesar de la caída pronunciada del PP, que aún se encuentra 5,3 puntos por encima. Sus acciones pasadas le permitieron afearle maneras actuales y aún Rajoy pudo hacer más sangre con bucear más en la memoria: cuando Rubalcaba le reprochó que apoyara a un delincuente (que hasta el momento es “presunto”), Rajoy podría haberle recordado que él sí apoyó no a uno sino a dos delincuentes condenados cuando acompañó con otros dirigentes de su partido a Barrionuevo y a Vera hasta las puertas de la cárcel en la que ingresaron.

La sesión parlamentaria, aunque ha aliviado al Gobierno y su partido, no ha resuelto definitivamente el problema que les ha causado el “caso Bárcenas”. Se anuncian más entregas de la máquina difusora del preso de Soto del Real. Lo que no tiene sentido es que Rajoy, siendo tan buen parlamentario, guarde tanto silencio, haya tardado tanto tiempo en decidirse a replicar. Si ante los episodios que se presuponen se limita a responder otra vez con el silencio, reincidirá en el error. Otro político con menos cualidad argumentativa que él, hablaría todos los días que hiciera falta y trataría de tomar la delantera en el debate, la iniciativa en el combate.