La Libertad más frágil

Libertad de expresión, libertad de Prensa, libertad de imprenta y, desde 1948, derecho a la información son términos que expresan una de las aspiraciones más vitales del ser humano. La libertad de hablar, escribir y difundir por cualquier medio es un valor básico sin el cual no es posible organizar una sociedad justa, y exige el respeto correspondiente de todos los ciudadanos, desde el primero al último, a tal tesoro individual y social.

- Justino Sinova -

BLOG: A la cárcel por pedir información

Una vez más, un disidente chino ha sido objeto de abusiva coerción en su país y tiene que pagar una condena injusta por demandar lo que en todo occidente es un derecho reconocido . Se trata del abogado Xu Zhiyong, profesor de la Universidad de Pekín y fundador del movimiento “Nuevo Ciudadano”. Su delito, para el régimen comunista chino, ha sido pedir transparencia sobre las autoridades del país para que los ciudadanos conozcan, entre otras cosas, sus retribuciones. Las recientes informaciones fuera de China sobre posesiones millonarias de altos dirigentes hacen más irritante esta reacción, que perpetúa la falta de libertad de expresión y la represión política en el gigante asiático.

El juicio que ha tenido que sufrir el maltratado disidente Xu Zhiyong ha estado privado de las mínimas garantías. No se le aceptaron los testigos que propuso, la vista fue celebrada a puerta cerrada, a los medios de comunicación no se les permitió asistir ni siquiera trabajar en los alrededores de la sede judicial, que estaba fuertemente controlada por la policía. Luego disfrazaron la condena de cuatro años de prisión diciendo que se le ha impuesto por “reunir a gente para alterar el orden público”, lo que, en todo caso, revela que le consideran reo por ejercer otro derecho humano, el de reunión, tan ligado al derecho a la información y a la expresión de opiniones, todos ellos vedados. En el juicio fueron condenados con él otros activistas bajo las mismas condiciones inaceptables, que en cualquier país libre provocarían masivas protestas públicas.

Sin embargo, estos episodios despóticos no acaban de conmover las conciencias en occidente ni sacudir a las autoridades públicas de las democracias ni a las organizaciones internacionales para exigir a China un mínimo respeto a los derechos humanos. La doble moral que se practica en el ámbito internacional cuando de las dictaduras de izquierda se trata acaba castigando a los ciudadanos que reclaman lo que en otros países es normal y está protegido por las leyes. Toda la reacción diplomática se quedará otra vez, si acaso, en un reproche ritual y en el acostumbrado ruego de moderación. Hasta el próximo atropello, si es que se da la casualidad de que las autoridades chinas no consigan detener la circulación de información.

Porque esa es otra: la censura que se practica en China logra que el conocimiento que se tiene de ella desde fuera sea mínimo. Los medios de comunicación, todos ellos controlados por el poder político, a veces incluyen noticias de irregularidades o de peticiones ciudadanas, pero previo consentimiento de las autoridades, que tratan con ello de dar impresión de normalidad. La fuente de información espontánea que es internet está prácticamente aniquilada mediante la prohibición de páginas web y el control de las redes sociales y el correo informático. La dictadura china, con sus más de 1.300 millones de habitantes, casi el 20 % de la población mundial, ratifica una vez más que la libertad de expresión es un bien muy escaso en el mundo.